Semana Santa y el arrepentimiento íntimo
- Harold Kurt
- hace 4 días
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Actualizado: hace 3 días
La Semana Santa se ha vuelto cómoda, quizá demasiado. Procesiones previsibles, discursos repetidos, emociones ensayadas. Todo parece dispuesto para que nadie se incomode demasiado. Para que el dolor, si es que aparece realmente, sea decorativo.
La visión espiritual, el ayuno, la oración, la paz interior, la comunión con lo divino, se ponen a un costado, y la mirada se deposita en el espectáculo. Resulta extraño que hasta se pregunte qué días se come carne y cuáles no, como si no hubiera una tradición antigua ya aprendida, y no se sabe si la pregunta responde a una necesidad de conocimiento o si solo se formula para cumplir con la tradición o por simple costumbre.
La Pasión según San Mateo, sin embargo, nos ayuda a retornar a esa mirada contemplativa y al ensimismamiento necesarios para un encuentro con lo divino. La obra no embellece el sufrimiento, al contrario de los espectáculos masivos, se repliega en la intimidad y se expone en un cauce privado y meditativo.
En particular, el aria Erbarme dich abre una herida que no se cierra con palabras. Allí no hay teología tranquilizadora ni consuelo inmediato. Hay algo más incómodo, la conciencia de pedir perdón.
“Erbarme dich, mein Gott,
um meiner Zähren willen,
schaue hier, Herz und Auge
weint vor dir bitterlich.”
“Ten piedad, Dios mío,
por mis lágrimas,
mira aquí, corazón y ojos
lloran ante ti amargamente.”
La súplica no se sostiene en argumentos, sino en lágrimas. No hay explicación ni justificación, ni mucho menos lloriqueos de compunción fingida. Pedro no solo demuestra su arrepentimiento real, sino que lo padece. Y en ese padecimiento, algo se vuelve verdadero.
Pedro no reflexiona ni argumenta, tampoco se justifica, llora. Y ese llanto, despojado de toda retórica, ese simple ademán íntimo que no necesita mostrarse en selfies ni en videos demostrativos, resulta más verdadero que cualquier discurso.
En la Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach, el aria Erbarme dich aparece inmediatamente después de que Pedro niega a Cristo. No es Pedro quien canta literalmente el aria. La voz, contralto o mezzosoprano, funciona como una voz universal, casi como la del alma humana.
No es casual que Bach haya elegido una voz de contralto, o mezzosoprano, y no una soprano. No es la voz luminosa de sonidos altos la que canta, sino una más oscura, más humana, más cercana al peso interior. No es la pureza la que se expresa, es la conciencia herida.
El verdadero arrepentimiento no se exhibe, no se dramatiza hacia afuera, no se convierte en espectáculo. Es interior, íntimo y personal.
Sin embargo, incluso este tipo de experiencia termina degradándose en la lógica de lo inmediato. Selfies en procesiones, gestos ensayados frente a la cámara, memes que trivializan lo que ni siquiera se han detenido a comprender. No se trata aquí de hacer una defensa ingenua de la fe, sino de algo más elemental, una cuestión de densidad humana. Incluso para quien no cree, convertir el dolor, la culpa o el sacrificio en contenido ligero no es irreverente, es banal.
Escuchar esta obra hoy es casi un gesto de resistencia. No es exagerado decirlo. Resistencia contra la superficialidad emocional. Contra la necesidad de convertir todo en experiencia ligera, consumible y, por tanto, olvidable.
En el canto no hay redención fácil, ni siquiera encontramos una promesa en ese sentido. Hay una pregunta tácita, persistente, que la música no formula pero impone melodiosamente, ¿qué haces con aquello que sabes que no tiene justificación?
Tarkovsky lo entendió mejor que muchas discusiones religiosas. En la introducción de El sacrificio, cuyo fragmento adjunto en ese artículo, ese lamento atraviesa imágenes que remiten a las pinturas de Leonardo da Vinci. El director no lo hizo por estética, sino como diagnóstico de la tragedia humana. El hombre es un ser sublime y, a la vez, miserable, así vive, suspendido en una tensión permanente que, durante siglos, todavía no resuelve.
Escuchar Erbarme dich en Semana Santa, atendiendo a la letra que hermosamente se canta, no es un acto devoto, sino un riesgo. Porque, si se escucha de verdad, no nos dejará incólumes luego de elevarnos por sus maravillosas notas.
Y quizá ese sea el único sentido que aún conserva esta fecha, no solo recordar lo que ocurrió, sino confrontarnos con lo que somos capaces de hacer… y de ocultar. Al igual que Pedro, negar el espíritu y lo divino. En ese sentido, la Semana Santa podría conservarse verdaderamente como un tiempo de autorreflexión.
Si decides escucharla, hazlo sin fondo, sin distracciones, sin escapatoria. No para sentirte mejor ni buscar una experiencia mística, que no llega porque se la busca, sino, acaso, cuando se ha conectado con el momento adecuado.


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