¿Por qué?
- Harold Kurt
- hace 3 días
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Actualizado: hace 2 días
Una pregunta sin respuesta del Romance oubliée, S.169
Conocemos al genio. Al Liszt que subía al escenario y arrancaba las cuerdas del piano con una violencia casi obscena. Al que inventó el recital solista porque ningún otro músico era digno de compartir su cartel. Al que las mujeres perseguían por las calles de Viena y París como si fuera un dios pagano con guantes blancos. Ese Liszt lo conocemos bien.
Pero hay otro.
Uno que, una tarde o quizá en la noche, nadie sabe exactamente cuándo ni por qué, se sentó al piano en silencio y dejó caer una pregunta. No en palabras: en notas que se suceden como si dudaran de sí mismas. Una melodía breve, casi un susurro, que se pliega sobre sí misma, como alguien que intenta decir algo que sabe, en el fondo, que no tiene respuesta. Es una melodía que aparece con cautela, respira apenas, crece lo justo, como una emoción que uno contiene sin lograrlo del todo, y luego… se apaga. Como quien cierra una puerta con cuidado para no despertar a nadie. O para no despertarse de un sueño y volver a la triste realidad que lo envuelve.

La llamó Romance en mi menor, como si quisiera velar lo que en realidad decía. Su título original era aún más desolador: Ô pourquoi donc. “¿Por qué, oh por qué?”.
Un editor la vio y decidió no publicarla. Liszt la guardó en un cajón. Siguió viviendo su vida de leyenda: giras, escándalos y, finalmente, la sotana de sus últimos años, como si intentara expiar algo que nunca llegó a confesar del todo. Y la pieza quedó ahí, suspendida en la oscuridad de un cajón, mientras su autor envejecía sin volver a nombrarla. Murió en 1886. Y recién en 1908 alguien abrió ese cajón.
Décadas después de haber guardado esa pregunta, Liszt volvió a ella. Retomó el mismo material, lo rozó apenas, como quien relee una carta que ya no duele del todo, pero tampoco ha dejado de doler. La llamó Romance oubliée: el romance olvidado. La misma pregunta, pero ahora en boca de un anciano. Con más silencio alrededor. Con esa serenidad extraña de quien ya no espera respuesta y, aun así, pregunta, porque preguntar es lo único que le queda.
Hay algo en ese gesto que me parece más verdadero que toda esa leyenda.
Estoy seguro de que todos guardamos, en algún cajón, un “¿por qué?” sin fondo. Una pregunta que no pudimos cerrar y que aprendimos, con los años, a no decir en voz alta. No porque hayamos sanado, sino porque aprendimos a vivir con ella adentro, en silencio, como se vive con ciertas tristezas que terminan por confundirse con el paisaje.
Búscala. Escúchala a solas, de noche, si puedes. Y fíjate si, en algún momento, sin saber bien por qué, sientes que alguien, desde hace más de cien años, te estaba esperando para hacerte compañía y ayudar a responderla.

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