La nueva comodidad de tener un trastorno

Quizá una de las cosas más extrañas de nuestra época sea que hemos comenzado a necesitar una enfermedad para explicar aquello que antes reconocíamos simplemente como una debilidad. Ya no basta con decir “soy distraído”, “me cuesta concentrarme”, “soy tímido”, “no sé relacionarme con los demás”, “soy desordenado” o “me cuesta controlar mis impulsos”. Ahora parece necesario encontrar una categoría que explique por qué somos como somos: TDAH, autismo, Asperger, ansiedad y cualquier otra etiqueta que pueda ofrecernos una respuesta para aquello que antes nos obligaba a mirarnos un poco más de frente y con mayor honestidad. Hemos desarrollado una extraña necesidad de convertir nuestras dificultades en diagnósticos y, con ello, de transformar nuestras deficiencias en una identidad.
No me refiero, desde luego, a quienes tienen un diagnóstico clínico y deben enfrentarse cotidianamente a las dificultades que una determinada condición puede ocasionarles. Un diagnóstico puede ser una herramienta valiosa para comprender lo que sucede, encontrar tratamientos adecuados y desarrollar estrategias que permitan llevar una vida más plena. El problema aparece cuando comenzamos a autodiagnosticarnos a partir de cuestionarios de internet, videos de redes sociales o listas de síntomas con los que cualquiera puede sentirse identificado, y utilizamos después esas etiquetas como una especie de salvoconducto que nos permita vivir cómodamente dentro de nuestras propias deficiencias e incomodidades. Porque entonces la etiqueta deja de ser una herramienta para comprender lo que nos sucede y comienza a convertirse en una justificación de aquello que no queremos cambiar.
Una cosa es comprender por qué tenemos una dificultad y otra muy distinta es utilizar esa dificultad para justificar que no queremos hacer nada al respecto. ¿Acaso nos hemos acostumbrado a sufrir? ¿Nos resulta más soportable pensar que estamos enfermos que aceptar que quizá tenemos hábitos, inseguridades, vicios o comportamientos que deberíamos modificar? La primera opción puede resultar mucho más cómoda porque nos libera de una parte de la responsabilidad que implica reconocer que también somos responsables de aquello que podemos transformar en nosotros mismos. A veces resulta mucho más fácil encontrar una explicación para nuestras deficiencias que asumir el trabajo necesario para corregirlas.
Es más fácil decir “no puedo concentrarme porque tengo TDAH” que preguntarnos cuánto hemos contribuido nosotros mismos a destruir nuestra capacidad de concentración. Vivimos pendientes del teléfono, saltando de una imagen a otra, acostumbrados al scroll infinito, a los reels, a los estímulos permanentes y a la necesidad de recibir algo nuevo cada pocos segundos. Después nos sorprendemos porque un libro nos parece insoportable, porque una conversación nos aburre o porque no conseguimos permanecer durante mucho tiempo frente a una misma idea. Antes de convertir inmediatamente esa dificultad en una enfermedad, quizá deberíamos preguntarnos cuánto de ella hemos construido nosotros mismos mediante nuestros hábitos y cuánto estamos dispuestos a hacer para recuperar una capacidad que hemos ido perdiendo.
También es más cómodo decir “no sé relacionarme porque soy autista” que preguntarnos cuánto de nuestras dificultades para relacionarnos proviene de la inseguridad, del miedo o de nuestra incapacidad para salir de nosotros mismos. Hay personas que nunca han aprendido a relacionarse porque nunca se han atrevido a hacerlo; porque prefirieron permanecer dentro de sus propias certezas antes que exponerse al rechazo, a la incomodidad o al fracaso. Aprender a relacionarnos, superar ciertas inseguridades y desarrollar nuestras capacidades sociales también exige esfuerzo. No todo aquello que nos resulta difícil tiene necesariamente que convertirse en una explicación patológica de nuestra existencia.
Es mucho más sencillo encontrar una enfermedad que enfrentarnos a la posibilidad de que algunas de nuestras deficiencias sean simplemente eso: deficiencias. Cosas que no sabemos hacer, hábitos que hemos adquirido, capacidades que no hemos desarrollado o aspectos de nuestro carácter que necesitan ser trabajados. Porque reconocerlo implica aceptar que no todo puede solucionarse encontrando una explicación externa y que, en algunos casos, mejorar depende también de nuestra voluntad, de nuestra disciplina y de nuestra capacidad para soportar el esfuerzo que supone cambiar. Hay algo profundamente incómodo en descubrir que algunas de las cosas que nos molestan de nosotros mismos no son necesariamente una enfermedad, sino el resultado de aquello que hemos hecho, dejado de hacer o permitido que se convierta en un hábito.
Sartre nos recuerda que una de las formas mediante las cuales el ser humano intenta escapar de la responsabilidad de su libertad consiste en convencerse de que es únicamente aquello que las circunstancias han hecho de él. El individuo se transforma entonces en una especie de cosa terminada: “soy así”, “no puedo evitarlo”, “esa es mi naturaleza”. De esta manera deja de contemplarse como alguien que todavía puede elegir, actuar y transformarse, y comienza a verse como alguien determinado por aquello que cree ser. La libertad se vuelve entonces una carga de la que intenta desprenderse, porque resulta mucho más cómodo pensar que nuestra manera de ser está completamente definida que aceptar la posibilidad, y también la responsabilidad, de transformarnos.
La etiqueta puede cumplir, en algunos casos, una función semejante. No porque el diagnóstico sea falso ni porque una condición clínica no exista, sino porque podemos tomar una verdad acerca de nosotros mismos y convertirla en una explicación absoluta de nuestra conducta. Una cosa es decir “tengo esta dificultad y necesito aprender a manejarla” y otra muy distinta decir “yo soy esto y, por lo tanto, no puedo ser de otra manera”. En el primer caso existe una dificultad que debe ser enfrentada; en el segundo, la dificultad puede terminar convirtiéndose en una identidad que exige ser aceptada sin cuestionamiento.
La mala fe aparece precisamente cuando utilizamos una verdad para ocultarnos otra. Podemos tener una dificultad real y, al mismo tiempo, utilizar esa dificultad para evitar la responsabilidad de aquello que todavía podemos hacer frente a ella. Podemos comprender que determinadas circunstancias nos condicionan sin concluir por ello que nos determinan completamente. El hecho de que algo nos resulte más difícil que a los demás no significa necesariamente que estemos dispensados de intentar desarrollarlo. Comprender nuestras limitaciones debería permitirnos saber dónde comienza nuestro trabajo, no proporcionarnos una razón para abandonarlo.
La etiqueta nos proporciona entonces una explicación y, mucho mejor todavía, una excusa. Nos permite decir «soy así» cuando quizá deberíamos preguntarnos cuánto de aquello que somos puede todavía ser transformado. Y esa diferencia no es pequeña. Cuando convertimos una característica, una dificultad o incluso una limitación en una identidad permanente, dejamos de verla como algo que podemos trabajar y comenzamos a defenderla como aquello que necesariamente debemos aceptar. De ese modo, aquello que inicialmente podía servir para comprendernos termina sirviendo para impedirnos cambiar.
Podríamos preguntarnos: «¿Qué me ocurre y qué puedo hacer para mejorar?». Pero ahora, con demasiada frecuencia, nos preguntamos: «¿Qué enfermedad, trastorno o complejo tengo para explicar por qué soy así?». La primera pregunta nos obliga a mirar hacia aquello que podemos hacer; la segunda puede permitirnos permanecer exactamente donde estamos, sin hacer nada, solamente justificándonos. Y quizá sea por eso por lo que algunas etiquetas resultan tan atractivas: porque ofrecen una explicación que nos permite dejar de hacernos preguntas más incómodas acerca de nuestra propia responsabilidad. No porque toda explicación sea una excusa, sino porque existe un momento en que dejamos de utilizarla para comprendernos y comenzamos a utilizarla para justificarnos.
Quizá una de las formas más sutiles de renunciar a nosotros mismos sea precisamente esta: convertir aquello que deberíamos trabajar en aquello que debemos aceptar. No porque aceptar nuestras limitaciones sea siempre malo, ni porque la voluntad pueda vencer cualquier condición humana, sino porque existe una diferencia enorme entre reconocer una dificultad y rendirse ante ella. Comprendernos debería servir para encontrar una manera de avanzar y superarnos, no para construirnos una habitación donde podamos permanecer encerrados indefinidamente, justificando nuestras incapacidades.
Muchas cosas han cambiado en estos siglos, pero psicológicamente parecemos los mismos. Antes solíamos decir: «Soy así porque soy Escorpio». Ahora podemos decir: «Soy así porque tengo TDAH». No pretendo establecer una equivalencia entre un diagnóstico clínico y un horóscopo, sino señalar algo más profundo: la función que una explicación puede adquirir cuando la utilizamos para convertir determinadas características en nuestro destino. Hemos cambiado el lenguaje con el que nos explicamos, pero en algunos casos seguimos buscando exactamente lo mismo: una explicación que nos permita dejar de cuestionarnos y justificarnos.
No todo defecto es una enfermedad. No toda dificultad es un trastorno. No todo aquello que nos cuesta hacer necesita convertirse en una etiqueta. A veces somos simplemente imperfectos, inseguros, distraídos, desordenados, tímidos o poco disciplinados. Y eso no significa que debamos despreciarnos por ello; significa que podemos reconocerlo como parte de aquello que todavía necesitamos desarrollar. Quizá hemos llegado a un punto en el que confundimos demasiado fácilmente la aceptación de nosotros mismos con la aceptación de todo aquello que somos, como si querernos significara renunciar a la posibilidad de cambiar.
No nacemos con todas las habilidades que necesitaremos para vivir. Algunas tenemos que aprenderlas, otras desarrollarlas y muchas otras conquistarlas después de haber fracasado varias veces. Aprender a concentrarnos, a relacionarnos, a controlar nuestros impulsos, a vencer nuestros miedos, a soportar la frustración y a corregir nuestros defectos también forma parte de la vida. No todo lo que nos cuesta hacer tiene que ser convertido inmediatamente en una explicación sobre nuestra naturaleza; algunas cosas simplemente requieren tiempo, disciplina, paciencia y la disposición para fracasar mientras aprendemos.
Tal vez el propósito no sea encontrar una etiqueta que explique todas nuestras limitaciones, sino tener la honestidad suficiente para reconocer que las tenemos y desarrollar la voluntad necesaria para trabajar sobre ellas. Un diagnóstico puede ayudarnos a comprender una parte de lo que somos, pero no debería convertirse necesariamente en la totalidad de aquello que creemos ser. Porque comprendernos no significa declararnos terminados, sino descubrir desde dónde tenemos que comenzar nuestro propio trabajo.
Quizá, después de todo, la pregunta más importante no sea “¿qué tengo?”, sino “¿qué puedo hacer con aquello que tengo?”. Y tal vez sea precisamente ahí donde comienza la libertad: no cuando dejamos de tener limitaciones, sino cuando dejamos de utilizarlas como una razón para renunciar a aquello que todavía podemos llegar a ser.
Porque, en vez de buscar únicamente explicaciones sobre por qué soy así, sería mejor —aunque mucho más incómodo— preguntarme si estoy dispuesto a hacer lo suficiente para cambiar.

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