Escapando del Alcatraz de las opiniones
- Harold Kurt
- 18 nov 2023
- 26 Min. de lectura
Conferencia “Escapando del Alcatraz de las opiniones” dictada por Harold Kurt, Allkamari Boutique Eco - Resort, 2018, noviembre, La Paz.

«En verdad, no es la menor de las tareas del lógico indicar las trampas que pone el lenguaje en el camino del pensador».
Gottlob Frege
En una época en la que abunda la información y las interpretaciones en diferentes materias, se vuelve necesario distinguir entre lo que es una opinión y lo que puede considerarse conocimiento. En Internet encontramos vídeos, artículos, foros y todo tipo de archivos aglomerados en una marea de datos donde, literalmente, se debe aprender a navegar; quien no lo consigue, inevitablemente naufraga.
Si uno busca información, se encontrará con variadas interpretaciones: algunas serán meras especulaciones u opiniones sin fundamento; otras, en cambio, serán el resultado de investigaciones serias que aportarán un verdadero conocimiento. No siempre es evidente distinguirlas.
Seguramente recuerdan aquella famosa alegoría de la caverna de La República, en la que se describe a unos prisioneros encadenados desde su nacimiento que veían sombras proyectadas en una pared y creían que aquellas eran la realidad del mundo donde vivían. Para ellos, las sombras eran seres reales que se movían sobre esa pared. En el relato, el filósofo se pregunta: ¿qué pasaría si un prisionero fuera liberado y sacado de la caverna? Seguramente quedaría asombrado ante la evidencia de que el mundo real no era ese mundo de sombras. Por un tiempo quedaría cegado por la luz del sol y luego vería valles, ríos y se daría cuenta de que el movimiento del sol produce las estaciones, entendiendo el mundo de otra manera. Luego se plantea la posibilidad de que el prisionero retorne a la caverna e intente liberar a los otros.
Sócrates afirma en el relato que los otros prisioneros no le creerían; pensarían que el que escapó quedó perturbado por salir de la caverna. Incluso lo matarían si pudieran, porque se encuentran cómodos en ese engaño y no querrían que alguien los libere.
Así, Platón enseña, en forma de alegoría, la diferencia entre un supuesto conocimiento oscuro, parcial y falso, y el verdadero conocimiento, cuya luz incluso puede llegar a enceguecer al principio; pero luego las cosas se van tornando cada vez más claras y precisas. Podríamos hacer una analogía con el momento actual: si reemplazamos la pared de sombras de la caverna por la pantalla del celular o del televisor, con seguridad encontraremos muchas similitudes.
Platón, en esta alegoría, hace una distinción: la de aquellos que mantenían una creencia sobre la realidad, pero “no sabían”; es decir, no tenían el conocimiento de que había una hoguera detrás de ellos que proyectaba sombras de los objetos, porque sencillamente no se cuestionaban ni investigaban. Creían de forma pasiva y aceptaban lo que les decían sus sentidos —llamémosles registros—. Está claro que estaban conformes con lo que estos registros les ofrecían, pero no se daban cuenta de la interpretación que estaban haciendo de ellos.
Para ejemplificar este asunto de las creencias, hagamos una pequeña digresión. Supongamos que hace milenios los habitantes de un pueblo primitivo veían la erupción de un volcán; es decir, recibían una información por medio de los sentidos, pero esa información era interpretada y decían: “es la furia de un dios”. Luego veían descender un magma luminoso y brillante de color rojo y replicaban: “es la sangre de la tierra”. De pronto, aquella lava devoraba todo a su paso y los habitantes del pueblo primitivo decían que era un castigo.
Pero otro pueblo más alejado, en otra región, que también veía la actividad volcánica, decía algo distinto: que era una señal, que los dioses aceptaron complacidos los sacrificios que realizaron, que era un buen augurio, etc. Cabe preguntarse si lo que están diciendo ambos pueblos es conocimiento. No se trata de conocimiento, sino de una interpretación, una creencia basada en tradiciones. Aunque eso no significa que los relatos antiguos, formulados en mitos o leyendas, no digan algo real o verificable; más bien, lo expresan de otro modo, como ocurre con los monstruos que habitaban en ciertos mares y que bien podían representar los peligros a los que los navegantes tendrían que enfrentarse.
Milenios más tarde, investigadores que no están determinados por esas tradiciones se acercan al volcán con instrumentos de medición. Al realizar pruebas de laboratorio, determinan que el fenómeno es provocado por roca fundida y la actividad térmica del núcleo terrestre. ¿Podemos afirmar que esto es conocimiento? Ciertamente, se trata de conocimiento científico, pues se basa en la experimentación y en teorías verificables. Sin embargo, es importante notar que la ciencia no es una verdad estática; es una episteme en constante refinamiento que construye modelos cada vez más precisos para interpretar la realidad, alejándose de la observación pasiva para buscar las causas subyacentes.
Con las matemáticas se puede adquirir un conocimiento previo a la experimentación. Pitágoras, por ejemplo, adquiere un conocimiento por medios intelectivos: deduce que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. Lo llamamos conocimiento porque, tanto aquí como en Mongolia, el teorema de Pitágoras es demostrable, es universal. Entonces, comprendemos que existen dos tipos de conocimiento: uno empírico y el otro racional, aunque esta distinción, como veremos, no está exenta de dificultades.
Pero volvamos a Platón. Las creencias de aquellos que vivían encadenados en las sombras estaban sustentadas en lo que imaginaban; es decir, el fundamento de dichas creencias era la imaginación. Los prisioneros intercambian entre ellos, comentan sobre lo que ven, dicen incluso que el mundo es de esa manera, tal como lo ven y escuchan, pero ninguno se pregunta por el origen de las sombras que están viendo. Nadie duda de sus registros; prefieren intercambiar entre ellos y hacer teorías sobre el universo formado por esas sombras. Creen que lo que dicen es conocimiento, pero debemos admitir que no lo es, sino que se trata de creencias.
Platón dice que aquellos prisioneros solo tenían una doxa (δόξα), una opinión. Doxa es un término utilizado por Platón para designar las opiniones. En La República, donde también figura el relato de la caverna, escribe lo siguiente en un diálogo entre Sócrates y Glaucón (506b-506d):
—…Pero tú. Sócrates, ¿qué dices que es el bien? ¿Ciencia, placer o alguna otra cosa?
—¡Hombre! Ya veo bien claro que no te contentarás con lo que opinen otros acerca de eso.
—Es que no me parece correcto, Sócrates, que haya que atenerse a las opiniones de otros y no a las de uno. Tras haberse ocupado tanto tiempo de esas cosas.
—Pero ¿es que acaso te parece correcto decir acerca de ellas, como si se supiese, algo que no se sabe?
—Como si se supiera, de ningún modo, pero si como quien está dispuesto a exponer, como su pensamiento, aquello que piensa.
—Pues bien — dije—. ¿No percibes que las opiniones sin ciencia son todas lamentables? En el mejor de los casos, ciegas. ¿O te parece que los ciegos que hacen correctamente su camino se diferencian en algo de los que tienen opiniones verdaderas sin inteligencia?
— En nada.
—¿Quieres acaso contemplar cosas lamentables, ciegas y tortuosas en lugar de oírlas de otros claras y bellas?
Platón dice que aquellos prisioneros solo tenían una doxa (δόξα), una opinión. Doxa es el término que utiliza para designar las opiniones. Sin embargo, sería un error pensar que establece una simple oposición entre opinión y conocimiento, como si se tratara de dos estados completamente separados. En La República, particularmente en el libro VI, introduce una distinción más precisa a través de lo que se conoce como el símil de la línea.
En este símil, Platón muestra que el conocimiento humano no se divide de forma abrupta, sino que se organiza en niveles. En el grado más bajo se encuentra la imaginación (eikasía), donde el individuo toma sombras, reflejos o apariencias por la realidad misma. Es el estado de los prisioneros en la caverna, que no solo ven sombras, sino que creen que eso es todo lo que hay.
Un nivel más arriba encontramos la creencia (pístis), donde ya no se trata de sombras, sino de objetos sensibles. Aquí el individuo percibe cosas reales, pero aún no comprende sus causas ni su fundamento: vive en contacto con lo que aparece, pero no con lo que es.
Más arriba se sitúa el pensamiento discursivo (diánoia), propio de las matemáticas. En este nivel se alcanza un conocimiento más riguroso, universal y necesario; sin embargo, todavía se apoya en supuestos que no han sido examinados en su origen.
Finalmente, en el grado más alto, Platón sitúa la inteligencia (noesis), que es el conocimiento filosófico en sentido estricto. Aquí el pensamiento ya no depende de imágenes ni de supuestos, sino que se dirige a los principios mismos, a aquello que hace que las cosas sean lo que son.
De este modo, la diferencia entre opinión y conocimiento no debe entenderse como una simple oposición, sino como un ascenso. No toda opinión es igual de débil, ni todo conocimiento aparece de forma inmediata. Incluso aquello que solemos considerar conocimiento puede no ser más que un estadio intermedio si no ha sido llevado hasta sus fundamentos.
Los presocráticos ya empleaban el término doxa y, en su forma plural (dóxai), lo utilizaban para diferenciar las conversaciones superfluas y sin fundamento de aquellas que podían aportar conocimiento. Parménides sostenía que la verdad es única, mientras que las opiniones de los hombres son variadas.
Recordando la alegoría de la caverna, el prisionero que sale y puede ver el sol accede a algo que va más allá de simplemente "saber más". Los griegos tenían una palabra para ese momento: aletheia (ἀλήθεια). Literalmente significa "lo no oculto", "lo desvelado". No es un dato nuevo que se agrega a los anteriores; es que la realidad entera deja de estar velada y se muestra de otro modo. El prisionero no sale de la caverna con más información: sale con otra relación con lo real.
Y entonces sí puede ver la hoguera detrás de ellos, comprender que lo que antes consideraban real no eran más que sombras, y darse cuenta de que lo que decían sobre su mundo no era conocimiento, sino opinión. Experimenta así la diferencia entre pensar y conocer, frente a simplemente creer que las cosas son de algún modo. Eso es lo que los griegos llamaban episteme: no una opinión mejor fundada, sino un acceso genuino a lo que las cosas son.
Las opiniones, sin embargo, no constituyen una ignorancia absoluta, sino que se sitúan en un nivel intermedio entre la ignorancia y el conocimiento. Parménides en el Poema distingue dos caminos: la Vía de la Verdad (aletheia), donde el ser es y no puede no ser, y la Vía de la Opinión (doxa), donde los mortales se mueven entre apariencias contradictorias creyendo que son reales.
A lo largo de la historia de la filosofía, esta tensión ha tomado forma en la distinción entre doxa (opinión) y episteme (conocimiento). Las opiniones engloban aquellas creencias que sostenemos sobre las cosas y respecto de las cuales rara vez reflexionamos; suelen ajustarse a nuestras necesidades, gustos y preferencias personales. Etimológicamente, doxa proviene del verbo griego δοκέω (dokéō), que significa “parecer” o “suponer”, lo que ya sugiere su carácter: no afirma lo que es, sino lo que aparece como si lo fuera.
De esta misma raíz derivan términos que han acompañado la historia del pensamiento. Una opinión que se ajusta a doctrinas establecidas se denomina ortodoxa (ὀρθός: recto; δόξα: opinión); cuando las contradice, se dice heterodoxa (ἕτερος: diferente). Y cuando una afirmación combina elementos verdaderos y falsos, presentándose como algo plausible, hablamos de paradoja (παρά: junto a, al margen de; δόξα).
En griego, lo que aparece como opinión puede fijarse y volverse incuestionable: de allí proviene el término “dogma”, del verbo δοκεῖν (dokein), que originalmente significaba parecer u opinar. Con el tiempo, el dogma dejó de ser una simple opinión para convertirse en una afirmación impuesta, aceptada por autoridad o costumbre. El problema no es el dogma en sí, sino su transformación en dogmatismo: la defensa de una idea sin haber examinado sus fundamentos.
Incluso en el ámbito del aprendizaje, estas raíces dejan su huella. Palabras como “docto” o “dócil” remiten a la capacidad de recibir enseñanza, mientras que “educar”, del latín educere (sacar, conducir hacia afuera), alude originalmente a desarrollar lo que ya está en potencia, no a imponer contenidos desde fuera. En este sentido, enseñar no debería consistir en llenar, sino en conducir.
Al contrario, el conocimiento se forma a partir de la investigación, la experimentación y la reflexión. Pensar implica dudar, y las respuestas a las que se llega no necesariamente coinciden con nuestros intereses o preferencias. En ese sentido, filosofar no es solo una actividad teórica, sino una forma de vida que puede transformar nuestra manera de ver el mundo.
Veamos el otro término referente al conocimiento: episteme. Su etimología es muy interesante. La palabra ἐπιστήμη proviene del verbo epístasthai, formada por el prefijo ἐπί (epi: sobre, encima de) y ἵσταμαι (hístamai: poner en pie). Episteme vendría a significar “pararse sobre”, “situarse por encima”. Podemos entenderlo como elevarse sobre las opiniones, interrogarlas, no quedarse en ellas. Como bien lo diría José Ortega y Gasset: «Conocimiento es aquel hacer del hombre que empieza con hacerse una pregunta esencial del tipo, ¿qué es tal o cual cosa?».
Conocer es algo activo que modifica nuestra conducta. No consiste simplemente en acumular información, sino en cuestionarla. Se cometen muchos errores por ignorancia y, si bien no es posible realizar acciones perfectas, aprender y conocer nos permite vivir de manera más consciente.
No siempre se percibe que lo que comúnmente se entiende por filosofía es, muchas veces, solo una doxa. Se la presenta como un método racional para encontrar la verdad, y no faltan quienes afirman que no sirve para nada. También contribuyen a esta confusión las versiones simplificadas o “pop” de Aristóteles, Georg Wilhelm Friedrich Hegel o Immanuel Kant.
En la alegoría de la caverna, el que se libera no se convierte en un erudito, sino en alguien que comienza a darse cuenta. No abandona simplemente las sombras: las comprende. Ese es, en cierto modo, el gesto filosófico.
El camino de la filosofía es una afectación, como enseñaba Martin Heidegger. No es puramente racional ni meramente emocional, sino una experiencia que nos transforma. Filosofar es preguntar, y al hacerlo ingresamos en un ámbito que nos lleva a experimentar la vida de otra manera.
Cuando Heidegger vuelve a los griegos, lo que le interesa no es solo su lógica ni su metafísica: le interesa precisamente ese movimiento de desocultamiento que vimos, la aletheia. Para él, los griegos experimentaban la verdad no como una correspondencia entre lo que digo y lo que hay, sino como un arrancarle algo a lo oculto, como sacar a la luz lo que estaba velado. En ese sentido, preguntar por el '¿qué es?' —τί ἐστιν— ya es hacer filosofía, porque es negarse a quedarse con la apariencia. Por ejemplo: veo algo y digo 'es un árbol'. Pero 'árbol' es ya una interpretación. Entonces pregunto: ¿qué es un árbol?, ¿qué es una planta?, ¿qué es el crecer? Y así, sin darnos cuenta, nos acercamos a esa pregunta más fundamental que los griegos ya se habían hecho. Esa forma de interrogar fue desarrollada por Sócrates, y es en el fondo la misma actitud del prisionero que, una vez fuera de la caverna, no se conforma con lo que ve sino que sigue preguntando.
Aprender a preguntar puede cambiar por completo nuestras vidas. Nos preguntamos: ¿qué es conocimiento?, ¿qué es opinión?, ¿qué es pensar?, ¿qué es creer? Y en ese recorrido no solo buscamos respuestas, sino que nos transformamos. La filosofía no consiste únicamente en dar respuestas, sino en iniciar un camino. Preguntar es, en cierto modo, encender una luz en medio de las sombras.
Pero volvamos a nuestro tema: ¿qué es opinión y qué es conocimiento? En la socialización, la educación y los comentarios que escuchamos de los demás, uno se va formando opiniones. La sociedad inocula imágenes y conceptos que, a la larga, las personas irán repitiendo de forma irreflexiva. Quizá para algunos todo este tema les parezca obvio y para otros no tanto. En todo caso, el hecho de que uno siga las opiniones de otros sin ton ni son no deja de ser sorprendente.
En esta época en especial, las personas recurren a lo fácil. Pensar requiere esfuerzo, y esa es una de las razones por las que no se piensa. Se hace evidente la incapacidad de la gente para pensar por cuenta propia. Ante tanto estímulo, las personas viven extravertidas, es decir, fuera de sí mismas; y para pensar es necesario ensimismarse, interiorizarse. La reflexión requiere meditación. Lo que me recuerda a un cuento de Nasrudín.
Una noche, el viejo derviche se encontraba dando vueltas debajo de una farola. Un vecino lo ve y se acerca: “¿Qué haces, Nasrudín?”. “Estoy buscando mis llaves”, responde. Entonces el vecino le ayuda a buscarlas. Entre tanto, aparece una vecina y hace la misma pregunta, y también se queda a ayudar. Así aparece otro y otro vecino, y todos se ponen a buscar. Luego de mucho tiempo, uno de ellos pregunta: “¿Estás seguro de haber perdido las llaves en este lugar?”. Y Nasrudín responde: “No, las perdí cerca de mi casa”. El vecino insiste: “¿Por qué entonces las buscas aquí?”. Y Nasrudín responde: “Porque aquí hay más luz y por mi casa está muy oscuro”.
Este cuento sufí no solo es gracioso, sino que ilustra bien el problema: no se investiga toda la realidad, se atiende solo a una parte, y al no estar fundamentado conduce a equívocos. Se buscan las cosas en lugares equivocados, simplemente porque es más cómodo. En el cuento, pese a todos los esfuerzos, teorías y explicaciones —en definitiva, (dóxai) opiniones—, jamás habrían conocido la verdad si alguno no hubiera dudado de lo que estaban haciendo. Lo que nos recuerda a René Descartes, quien sostenía que al menos una vez en la vida es necesario poner en duda todo lo que se cree conocer.
Fíjense lo grave del problema: primero, sostenerse en un fundamento falso; y segundo, construir sobre él todo un edificio que parece sólido, pero que está apoyado en falsos cimientos. Basta cualquier desavenencia para que ese edificio se desplome. No se imaginan lo fácil que es caer en absurdos cuando se parte de un argumento falso. Bertrand Russell lo ilustró con ironía al afirmar que, si partimos de una premisa falsa, se puede demostrar cualquier cosa; incluso que él mismo era el Papa.
Alguien le preguntó si, suponiendo que 2+2=5, entonces él era el Papa. Russell respondió afirmativamente y lo “demostró”: “Supongamos que 2+2=5. Entonces, restando 3 a ambos lados obtenemos que 1=2. Como el Papa y yo somos dos personas y 1=2, entonces el Papa y yo somos uno. Por tanto, yo soy el Papa”. No sé si ya habrán captado el truco. Espero que sí. Es, en cierto modo, un trick-or-treat: un juego en el que el truco se disfraza de razonamiento.
Si lo captaron, se habrán dado cuenta de que muchos charlatanes usan exactamente ese mecanismo para demostrar que tienen razón. Comienzan con una premisa verdadera o falsa según la intención, la mezclan con argumentos que no corresponden y, a partir de ahí, mediante juegos de términos y analogías, demuestran lo que les plazca, creyendo que esa “verdad” está fundamentada en premisas lógicas contundentes. Siempre que el razonamiento sea correcto, la conclusión lo será; pero basta introducir una premisa falsa para que todo el edificio se desvíe hacia cualquier conclusión, por muy disparatada que parezca.
Les sugiero estudiar las falacias lógicas. “Falacia” proviene del latín y significa engaño. A modo de ejemplo, les hablaré de una muy utilizada: la llamada falacia del hombre de paja o del espantapájaros, que consiste en exagerar o ridiculizar la postura del oponente, creando la ilusión de haberla refutado. El mecanismo consiste en contradecir con un argumento que no está directamente relacionado con lo que se objeta. Por ejemplo:
A dice: “Soy creyente, creo en Dios.”
B responde: “Yo soy ateo, porque no puedo creer en un ser imaginario inventado por los hombres que vive en las nubes y se dedica a hacer magia para crear el universo.”
Otro ejemplo:
A dice: “No considero apropiado que los adolescentes vayan solos de vacaciones.”
B responde: “Usted está en contra de la independencia de los adolescentes y prefiere mantenerlos encerrados en casa, privándolos de cualquier vida social y experiencia fuera del entorno familiar.”
En ambos casos, además de exagerar la postura, la respuesta no guarda relación con lo que se pretende refutar.
Otra falacia muy conocida y utilizada por religiosos y políticos es el argumentum ad hominem, que consiste, por ejemplo, en decir: “Alguien que viste tan mal no puede tener la razón.” Es decir, se busca un defecto en la persona para invalidar sus afirmaciones. Otra falacia muy recurrente es el argumentum ad populum: “Si todo el mundo lo dice, es porque es verdad”, como cuando todos afirmaban que la Tierra era plana y, por ese motivo, debía considerarse verdadero.
Pero vayamos precisando en esta problemática del conocimiento; hablemos ahora de la episteme. Si definimos correctamente lo que esto significa, podremos entender mejor la diferencia entre opinión y conocimiento.
Las opiniones suelen ser subjetivas y poseen un valor individual, careciendo de la universalidad propia del conocimiento. Por ejemplo, los juicios sobre si un objeto es "bonito" o si un alimento es "delicioso" dependen enteramente de la apreciación del sujeto. En la jerga cotidiana, a menudo llamamos a estas preferencias "verdades personales". No obstante, desde un rigor filosófico, estas afirmaciones no alcanzan el rango de verdad universal, ya que no describen una propiedad intrínseca del objeto, sino una relación afectiva o sensorial del individuo con este. Son, en esencia, juicios de valor que pertenecen al ámbito de la doxa.
En la jerga cotidiana, no rigurosa —en charlas de café— a esto se lo denomina “verdades”: “es su verdad”, “son sus verdades”; pero tales afirmaciones no pueden de ninguna manera elevarse a rango de verdad, y ya veremos por qué.
Estas “verdades” son solamente opiniones: subjetivas y particulares. En contraposición, ustedes ya estarán intuyendo las características del conocimiento. Por ejemplo, si digo dos más dos son cuatro, todos dirán que es así, tanto acá como en Finlandia: dos más dos son cuatro porque es comprobable para todos. Los patos son aves; la matemática es una ciencia exacta; hoy es domingo, ¿no es cierto? Eso es conocimiento, aunque no todo es tan evidente como parece. No depende de mí que así sean las cosas, ni de ustedes: es algo objetivo.
Tampoco tiene que ver necesariamente con que las cosas existan físicamente; no somos materialistas. El triángulo tiene tres lados: es algo que no se puede objetar; con un ángulo menos o uno más, ya no sería triángulo. No depende de mis caprichos. Si decimos: “el triángulo tiene cuatro lados porque para mí así lo es y lo que digo debe respetarse”, muy bien, se lo respeta; pero de ninguna manera se lo puede elevar a rango de verdad: esa es su opinión. En cambio, el conocimiento requiere un razonamiento correcto y un estudio serio.
Como lo indica la gnoseología, tenemos tres elementos que componen el acto de conocer algo:
• El sujeto: es toda persona que puede conocer; se refiere al sujeto cognoscente.
• Los objetos: son todas las cosas que pueden conocerse; el objeto cognitivo.
• Las representaciones: son los reflejos o las imágenes de las cosas en la conciencia.
En el acto de conocer, el sujeto se pone en contacto con el objeto y su conciencia configura una representación de este. Ahora bien, a esa representación se le puede dar una interpretación caprichosa o rigurosa. Al acto de deducir, de extraer una consecuencia, se le denomina inferencia. A partir de un conjunto de argumentos, podemos inferir una conclusión.
Si está lloviendo, lo afirmamos y damos noticia de ese evento: estamos transmitiendo un conocimiento. Pero si decimos que está cayendo una terrible lluvia o que posiblemente se convierta en tempestad, ya entramos en el terreno de la opinión. Para otros, la lluvia no será necesariamente horrible, y tampoco podemos afirmar que se convertirá en tempestad si no tenemos los datos necesarios.
Así se entiende que puede haber inferencias incorrectas, es decir, deducciones erradas que se denominan sofismas o falacias. El problema no está en el sujeto ni en el objeto, ni siquiera en lo representado; el problema se ubica en la inferencia, en el proceso del razonamiento, que puede ser válido o inválido.
Por lo tanto, el conocimiento:
• Es objetivo: porque busca explicar las cosas tal como son, sin añadir interpretaciones infundadas.
• Es universal: porque pretende ser válido para todos; por ejemplo, si digo que hoy es domingo, todos asentirán que es domingo. El teorema de Pitágoras es válido en cualquier lugar.
• Es necesario: es decir, afirma algo que no puede ser de otra manera sin caer en contradicción. Sabemos que una cosa es así no por capricho, sino porque hay razones que lo sostienen. Esto se vincula con los principios fundamentales de la lógica. Por ejemplo, no se puede afirmar que una manzana es una manzana y, al mismo tiempo, que es una pera.
• Es verificable: porque se sustenta en pruebas o evidencias.
Dicho así, parecería que el conocimiento es algo completamente firme y seguro. Pero no es tan simple. La filosofía posterior —y en particular Immanuel Kant— mostrará que el conocimiento no es un simple reflejo de la realidad, sino que depende también de las condiciones del sujeto que conoce.
Mi intención no es hacer un curso de filosofía, pero basta comprender estos puntos para contar con herramientas que permitan razonar con mayor claridad. Dos mil años de filosofía no son poca cosa; algo se habrá aprendido en todo ese tiempo. Aristóteles, por ejemplo, investigó los principios lógicos que aún hoy utilizamos para pensar. Y como señalaba Martin Heidegger, la filosofía nos enseña a pensar.
Así que ya tenemos una idea más clara de lo que son las opiniones y de lo que puede considerarse conocimiento. También vemos que el conocimiento requiere pruebas, análisis; en definitiva, requiere pensar. Para ello es necesario conocer algunos principios básicos de la lógica. No es para asustarse: puede resultar incluso emocionante, una especie de aventura que nos saque de las sombras de la caverna.
Los principios fundamentales de la lógica son cuatro:
• Principio de identidad;
• Principio de no contradicción;
• Principio de tercero excluido;
• Principio de razón suficiente.
Para no complicarnos la vida, vamos a decir simplemente que el Principio de Identidad enuncia lo siguiente: 'todo objeto es idéntico a sí mismo'. Sencillo, ¿verdad? y "lógico". Una manzana tiene que ser idéntica a sí misma, ¡imagínense un mundo de manzanas que no parezcan manzanas sino peras! sería imposible, aunque posible en un mundo de sueños y… opiniones.
El segundo principio es el de No Contradicción y establece que 'una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo'. Si una cosa es una manzana, no puede dejar de serlo al mismo tiempo. La existencia de la manzana está condicionada a su identidad como tal; si dejara de ser una manzana, ya no sería lo que es. En otras palabras, si es una manzana, es porque no puede no serlo.
El tercer principio es el del Tercero Excluido que dice: 'cuando dos juicios se oponen, uno debe ser verdadero y el otro falso, excluyendo una tercera posibilidad que pueda establecer la verdad o falsedad de los dos anteriores'. Por ejemplo, si esto es 2 no puede ser 3, el tercero excluido diría algo así como 2 mezclado con 3, que se excluye porque no es posible esa mezcla y sería absurdo. Alguien dirá, pero es posible el 2.5. Así es matemáticamente, pero 2.5 no es ni 2 ni 3.
Hagámoslo más coloquial, si decimos esto es leche y esto manzana, tenemos dos entidades muy diferenciadas. Aunque aparezca el listillo que diga: "pero se puede mezclar y crear jugo de manzana". Eso es correcto, pero lo que no es correcto es pensar que el jugo de manzana sigue siendo leche y, por otro lado, manzana, stricto sensu ya no es leche ni manzana. Si estamos hablando del juicio entre 2 y 3 no podemos meter arbitrariamente un argumento reconciliador sin fundamento. Con las cosas físicas tanto peor. Imagínense: mitad elefante, mitad gallina. Alguien dirá que es una alegoría, pues eso es correcto, es una alegoría, pero no es ni elefante ni gallina. No hay que confundir el elemento conciliador como la adición de ambos porque, stricto sensu, no es ni lo uno ni lo otro, por tanto, se lo excluye. ¿Ven que estos tres principios básicamente refutan las falacias de las que hablamos? El tercero excluido invalida el argumento del hombre de paja, por ejemplo.
El cuarto principio, el Principio de Razón Suficiente, no lo acuñó Aristóteles sino Leibniz y dice lo siguiente: 'Todo objeto debe tener una razón suficiente' o 'Toda cosa debe tener una causa que explique en forma suficiente su existencia' o también 'Todo pensamiento debe encontrar un principio en el que su validez se apoye suficientemente'.
Esto en cuanto a los principios fundamentales. ¿Qué les parece? Son los principios más importantes del razonamiento.
Ahora veamos este tema del conocimiento desde otra perspectiva. Entre las fuentes del conocimiento tenemos las sensoriales (sentidos) y las racionales (intelectivas). ¿Un ejemplo de conocimiento sensorial? La mesa. Es rectangular, color café claro, tiene unas copas de elixires deliciosos, manjares de la India, etc. ¿Para tener ese conocimiento tuvieron que pensar? No, es evidente, es un conocimiento que se alcanza con los sentidos y no necesariamente participa el razonamiento. Simplemente pueden tocar lo que dicen y comprobarlo, este es el camino del empirismo ingenuo. Por otro lado ¿podemos dar un ejemplo de conocimiento racional? Las ecuaciones matemáticas. ¿Pueden agarrar los números, olerlos, saborearlos? No, claro que no, a no ser que sufran de sinestesia. Sin embargo, no dudamos de la veracidad de los cálculos matemáticos.
Como ven, hay varios puntos de vista para acercarse al conocimiento.
Otro criterio para distinguir el conocimiento es según como lo aprehendemos: de forma inmediata o mediata. A partir de lo cual se deduce el conocimiento intuitivo y discursivo. Decimos que es intuitivo porque se obtiene de manera rápida o inmediata. Por ejemplo, lo que dijimos del conocimiento de los sentidos, es inmediato. Al contrario, un conocimiento discursivo necesita una investigación, se conoce a través de medios, es un conocimiento indirecto o mediato, un ejemplo: ¿cómo saber si tenemos diabetes?, necesitamos investigar dolencias, realizar análisis clínicos, etc.
Los empiristas en su momento defendieron la idea que no podía haber conocimiento sin experiencia (física). Así que, según ellos, los seres humanos llegaban al mundo como una tabula rasa, y mediante las experiencias conocíamos el mundo. Hasta que llegó Kant y se pregunta si no habrá condiciones previas para que pueda darse el fenómeno de la experiencia. A partir de sus investigaciones se distinguieron los conocimientos que se basan en la experiencia (a posteriori) y los que no se basan en la experiencia (a priori). Veamos de qué se trata todo esto.
Los conocimientos son:
• A priori: cuando el conocimiento se basa en la razón sin intervención de los sentidos o la experiencia; por ejemplo: el triángulo tiene tres ángulos.
• A posteriori: se basa en la experiencia, con intervención de los sentidos (registros corporales).
Un ejemplo clásico: si decimos “no todo hombre casado es feliz”, estamos ante un conocimiento a posteriori. ¿Por qué? Porque para afirmarlo necesitamos comprobación: estadísticas, sondeos, experiencia. En cambio, si digo “todo hombre casado no es soltero”, se trata de un conocimiento a priori, porque no requiere verificación: es evidente por definición.
Veamos ahora a qué conclusiones podemos llegar con todo esto.
Si lo recuerdan, les dije que pondría ejemplos etimológicos con una intención. Seguramente notaron lo fácil que es usar palabras sin saber su origen y, en muchos casos, sin conocer su significado preciso. Intentaba mostrar lo que se mueve en el campo de las creencias y opiniones, y, en contraste, lo que pertenece al campo del conocimiento.
Por ejemplo, supongamos que cuando éramos niños alguien nos dijo que “ortodoxia” era el nombre de una iglesia rusa. Podríamos haber pasado años sosteniendo esa idea e incluso discutiendo con otros creyendo que sabíamos lo que significaba la palabra.
Luego descubrimos que su sentido es otro. Al conocer su etimología, comprendemos que “ortodoxia” no designa una institución, sino una forma de opinión conforme a una doctrina. El concepto anterior pertenecía al ámbito de la creencia; ahora forma parte del conocimiento.
Hoy en día, en un contexto de evidente decaimiento de la lectura, donde muchos creen salir de la duda viendo un video en YouTube sin verificar lo que se afirma, no es difícil aceptar que lo que más circula son opiniones. Siempre fue así, por supuesto, pero hoy en demasía. Facebook se ha convertido en un espacio donde se intercambian frases atribuidas a autores que jamás las dijeron, y se comparten sin investigar su autenticidad.
Para darles una idea: circulan frases de autoayuda atribuidas a Siddhartha Gautama, como: “Todo lo que te molesta de otros seres es solo una proyección de lo que no has resuelto en ti mismo”. Sin embargo, quien haya leído el canon pali advertirá de inmediato que difícilmente podría haber dicho algo así. Los términos son modernos y la doctrina dista de ese enfoque. ¿No les parece que la palabra “proyección” suena más a psicología contemporánea?
Otra frase muy difundida: “El verdadero amor es aquí y ahora”, o aquella otra: “El pasado es historia, el futuro es incierto, pero el hoy es un regalo”. Lo llamativo es que no existe una fuente verificable en la que Buda sostenga algo semejante. Probablemente se trate de interpretaciones libres del Dhammapada, cuyo versículo 348 dice: “Abandona los recuerdos del pasado, las preocupaciones del futuro y los pensamientos del presente…”.
Es decir, el planteamiento original es mucho más radical: incluso el presente debe ser trascendido. Esto difiere notablemente de la versión popular difundida, por ejemplo, por Eckhart Tolle.
¿Por qué resulta más sencillo adoptar opiniones ajenas que investigar por cuenta propia? Una de las razones es que creer no exige esfuerzo. Es más cómodo aceptar algo que parece verdadero que someterlo a examen. Basta una frase atractiva para repetirla como si fuera propia.
El pensamiento, en cambio, es menos espectacular. Requiere soledad, esfuerzo, tiempo. Y cuando finalmente se alcanza —aunque sea por un instante—, resulta difícil de transmitir.
La opinión no es una cuestión pensante, y si se considera que la opinión piensa, entonces piensa mal. La opinión por su mismo significado se refiere a un decir no pensado, no objetivo, es una simple repetición de cosas que escuchamos y que creímos ciertas sin haberlas puesto en duda, sin haberlas investigado.
Se debe considerar que el pensar se desarrolla como una disciplina o un oficio, requiere de un estudio, constancia, práctica, etc. En el mundo fáctico es relativamente fácil darnos cuenta que se cometen errores porque las evidencias saltan a la vista. Por ejemplo, si estoy aprendiendo a manejar bicicleta, puedo caerme en los intentos, lo que me demuestra que todavía no sé dominarla. Pero cuando vertemos una opinión, el errar no es tan evidente y requiere cierto esfuerzo intelectivo y algunos conocimientos para darnos cuenta del error.
En una conversación que escuché hace tiempo se dijo que es importante tener experiencias sobre algunas cosas para conocerlas, lo cual es correcto, pero luego el interlocutor continuó que lo único importante era la experiencia, y que lo demás sólo sería algo intelectual y lo intelectual era una pérdida de tiempo, palabrería absurda, etc. De igual manera se dice: no se necesita un dato intelectual para tener la experiencia y, como he tenido la experiencia, puedo hablar de ello; pero el que solamente tiene el dato intelectual no es lícito que lo haga. ¿Se dan cuenta que estas afirmaciones son falacias? En el primer caso es un error decir que sólo existe un conocimiento empírico, es decir que sólo tenemos conocimiento por lo que experimentamos y por lo que nos muestran nuestros sentidos. Pero las matemáticas no son algo que experimentemos con nuestros sentidos y sin embargo nos ofrecen conocimiento objetivo.
El triángulo equilátero es aquel que tiene los tres lados iguales, pero es un triángulo que no se ve en la naturaleza y, sin embargo, por deducciones intelectuales, racionales, se admite que existe un triángulo equilátero y no sólo eso, sino que podemos hacer análisis y experimentos con ello dando resultados previsibles en el mundo fáctico. Por eso, a decir verdad, existe un conocimiento empírico, pero también existe un conocimiento racional.
Esa antigua lucha entre empiristas e idealistas ya fue superada comenzando el siglo XX, pero parece que muchas personas todavía se encuentran estancadas en creencias medievales. Además, se hace una suposición errada al argüir que un intelectual sólo tenga datos intelectuales y no haya experimentado algo. Con esa suposición que nace errada y es particular se quiere llegar a una afirmación universal. Quizá hayan conocido a algunos intelectuales que se llenan datos en la cabeza y se dedican a realizar puras teorías, pero no significa que todos los hombres con ciertos estudios hagan lo mismo. Aprovechando el ejemplo, una de las leyes de la lógica indica que no se puede deducir premisas universales de premisas particulares.
Con respecto al conocimiento empírico y racional, Aristóteles en el libro primero de Metafísica aborda esta cuestión y dice algo muy ilustrativo:
“En efecto, los hombres de experiencia saben bien que tal cosa existe, pero no saben por qué existe; los hombres de arte, por lo contrario, conocen el porqué y la causa. Y así afirmamos verdaderamente que los directores de obras, cualquiera que sea el trabajo de que se trate, tienen más derecho a nuestro respeto que los simples operarios; tienen más conocimiento y son más sabios, porque saben las causas de lo que se hace; mientras que los operarios se parecen a esos seres inanimados que obran, pero sin conciencia de su acción, como el fuego, por ejemplo, que quema sin saberlo”.
Hace un par de años alguien que tenía un criterio negativo al estudio y a los libros, me dijo que la lógica era nefasta y tonta (ya adivinarán que era un empirista), y que él podía demostrar que con la lógica se llegaban a resultados absurdos como por ejemplo que los vagos pueden volverse millonarios.
Entonces dijo lo siguiente a manera de mofa:
Los que trabajan no tienen tiempo para nada.
Los vagos tienen todo el tiempo del mundo.
El tiempo es dinero.
Por tanto, los vagos tienen más dinero que los que trabajan.
No tardé en explicarle que, lo que acababa de hacer, no era un razonamiento lógico sino todo lo contrario. La lógica enseña y ataca enunciados del tipo que él hizo y se denominan sofismas. Después de todo, de seguro su empeño, al igual que el de otros, es que: la “verdad” no es lo que importa… sino lo que importa es ¡tener razón!
Los sofismas son argumentos en apariencia lógicos que son utilizados con mala intención para confundir y así demostrar algo falso. Hay también argumentos racionalmente incorrectos que no son enunciados con mala intención, pero yerran por carecer de un razonamiento correcto y son llamados paralogismos. Las falacias que ya vimos se diferencian de los silogismos porque son proposiciones con una parte argumental verdadera que se usan para justificar argumentos o juicios que no son justificables.
¿Y cómo se estructura un argumento sólido? En lógica, la forma fundamental del razonamiento deductivo es el silogismo. Este esquema lógico se compone de tres proposiciones: dos premisas (la mayor y la menor) y una conclusión que se deriva necesariamente de ellas. Para que un silogismo sea válido y conduzca a una verdad, debe cumplir con un rigor estructural estricto, comenzando por el hecho de que siempre debe contar con estos tres elementos vinculados lógicamente entre sí.
Veamos el ejemplo clásico:
1. Todos los hombres son mortales. (Premisa mayor, universal y verdadera);
2. Juan es un hombre. (Premisa menor y verdadera);
3. Por consiguiente, Juan es mortal. (Conclusión verdadera).
Ahora veremos que, con la misma forma del silogismo, si las premisas son inválidas, la conclusión será falsa.
1. Todos los hombres son inteligentes. (Premisa mayor, en apariencia universal pero falsa);
2. Todos los seres inteligentes son felices. (Otra premisa mayor, cuando en este punto debería estar en una premisa menor y, además, en este caso es falsa).
Como pueden observar, para que un razonamiento sea contundente, la forma del silogismo requiere no solo una estructura válida, sino también que sus premisas sean verdaderas. Si partimos de una base falsa, la lógica —por más perfecta que sea su aplicación— nos conducirá inevitablemente al error. Aclaremos este punto revisando las reglas fundamentales que rigen al silogismo categórico:
Estructura de tres proposiciones: Un silogismo consta estrictamente de dos premisas (Mayor y Menor) y una conclusión.
Universalidad de la premisa mayor: Al menos una de las premisas, generalmente la mayor, debe ser universal (aplicarse a "todos" o a "ninguno").
Limitación de las particulares: De dos premisas particulares no se puede inferir ninguna conclusión válida; se requiere siempre un punto de partida general.
Exclusión del término medio: El concepto que conecta ambas premisas (término medio) debe desaparecer en la conclusión; su función es solo servir de puente.
Regla de las negativas: De dos premisas negativas no se obtiene conclusión alguna. Asimismo, si una de las premisas es negativa, la conclusión debe ser necesariamente negativa.
Prohibición de la afirmación desde la negación: No se puede obtener una conclusión afirmativa si una de las premisas es negativa.
Identidad de términos: Las premisas deben compartir un término común que las vincule lógicamente.
La caída hacia la parte débil: La conclusión siempre sigue la "suerte" de la premisa más débil; es decir, si hay una premisa particular o negativa, la conclusión deberá ser también particular o negativa.
Congruencia de contenido: La conclusión no puede tratar temas o conceptos que no hayan sido presentados previamente en las premisas.
Extensión de los términos: Los términos no pueden tener mayor extensión en la conclusión que la que tenían en las premisas.
A todo esto, se le conoce como el rigor del pensar: una disciplina del intelecto que nos protege de ser engañados por la apariencia de verdad.

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