EL VILLANCICO DEL DIOS PREETERNO
- Harold Kurt
- 31 dic 2025
- 10 Min. de lectura

Todos conocemos los villancicos. Los hemos cantado desde niños, suenan en todas partes y se han convertido en la banda sonora casi obligatoria de la Navidad. Pero, si somos sinceros, rara vez nos detenemos a pensar en lo que realmente dicen. Las letras pasan de largo.
En este episodio nos proponemos algo distinto: analizar un antiguo himno eslavo, poco conocido en nuestra cultura, procedente de la tradición cristiana ortodoxa.
No se trata de un villancico popular en sentido estricto, sino de una pieza litúrgica y teológica de altísimo nivel: el Kontakion de la Natividad, compuesto por San Román el Melodo en el siglo VI, hacia el año 536 d. C. Su letra dice:
La Virgen, hoy, engendra lo preexistente;
y la tierra ofrece la cueva al Inaccesible.
Los ángeles, junto a los pastores, cantan alabanzas;
los magos caminan guiados por la estrella.
Pues por nosotros ha nacido un Niño nuevo:
el Dios anterior a los siglos.
No nos interesa aquí tanto la historia como la filosofía que hay detrás del texto. La propuesta es pensar la Navidad no como un simple cumpleaños, sino como un acontecimiento cósmico que altera nuestra manera de comprender el tiempo y, sobre todo, la eternidad.
Para ello nos apoyaremos en las ideas de Boris Mouravieff (1890–1966), de quien retomamos este himno. Su trilogía Gnosis es considerada una de las exposiciones más completas de la doctrina tradicional de la Ortodoxia oriental desde una perspectiva iniciática.
Comencemos, entonces, por cuestionar una idea muy arraigada: ¿qué entendemos realmente por eternidad? Cuando intentamos imaginarla, casi siempre la concebimos como una línea de tiempo infinita, una especie de carretera que se extiende sin fin. Pero ¿y si esa imagen fuera, precisamente, el primer error?
La idea generalizada, claro, es que la eternidad es un tiempo infinito. Es la definición de manual, de libro. Pero Mouravieff nos dice algo radicalmente distinto, y ahí está la clave para entender todo lo demás. Nos pide que primero imaginemos esa carretera del tiempo (nuestra vida) de forma horizontal. Digamos, una línea horizontal que va desde el nacimiento hasta un posible final. Ahora bien, imaginemos que, en cada punto de esa carretera, en cada instante, en cada segundo, hay un eje vertical que la atraviesa, como un ascensor, si se quiere. Un ascensor que sube en cada uno de esos puntos.

Esa vertical es la eternidad. No se trata de una duración infinita proyectada hacia el futuro, sino de una dimensión perpendicular que atraviesa constantemente nuestro presente. Y esto lo cambia todo, porque si la eternidad es una vertical que cruza cada momento presente, entonces cada instante es eterno y, por tanto, nunca desaparece, aunque nos parezca que así sucede. En este sentido, el pasado y todo lo existente siguen existiendo en la eternidad.
Pero el cántico también nos indica que debe existir un estado previo a todo lo observable: un estado preeterno. Precisamente de eso habla el himno. Ese concepto (lo preeterno) es la llave. De hecho, el verso del Kontakion que vamos a usar como guía dice exactamente eso: “La Virgen, hoy, engendra lo preexistente.” Y luego: “Para nosotros ha nacido un Niño nuevo, el Dios preeterno.” Es decir, el propio himno nos propone una paradoja desde el primer momento.
Como suele decirse: empecemos por el principio. La Virgen, ese día, engendra lo preexistente; es decir, engendra lo que ya existe. ¿Cómo puede ser eso? ¿Cómo algo puede existir antes de ser engendrado en un momento concreto? Suena a contradicción.
¿Qué se nos escapa aquí? Que esa contradicción es precisamente la tensión que el himno quiere que sintamos, para obligarnos a comprender que no puede leerse de manera literal. Las palabras son símbolos. Según el análisis de Mouravieff, la Virgen no es solo María; es un arquetipo que representa la materia prima. Ahora bien, “materia prima” suena muy filosófico, casi a alquimia. ¿Cómo hacerlo más comprensible? Pensemos en la arcilla de una escultora. La arcilla, por sí misma, no es nada concreto: es pura potencialidad. Puede ser cualquier cosa, pero mientras nadie la modele, no es nada determinado.
La materia prima es esa arcilla cósmica: el principio receptivo, la sustancia capaz de dar forma visible a lo que no la tiene, a lo preeterno. Aquí entra la lógica de Aristóteles: para que algo exista en nuestro mundo, se necesitan dos cosas, materia y forma, por ejemplo, la arcilla y la idea en la mente de la escultora. Así, “engendrar”, en el sentido que indica este himno, no significa crear de la nada (ex nihilo), sino manifestar. Es un proceso de actualización: la Forma pura de lo divino desciende y se une a la Materia para producir un ser tangible. Lo que nace en el tiempo es la versión visible de lo que ya existía en la eternidad.
Ese “Niño nuevo” es el Acto que da sentido y realidad a la potencia de la materia, permitiendo que lo Inaccesible se vuelva, por fin, algo que podemos contemplar y tocar. Es como si una realidad que está fuera de nuestras coordenadas se hiciera visible de repente, en un punto preciso de nuestro mundo. ¿Se entiende? No es una creación; es una revelación. Es como tomar una fotografía de algo que siempre estuvo ahí, pero que permanecía invisible.
El himno continúa: “y la tierra ofrece la cueva al Inaccesible.” La imagen de la cueva es un arquetipo poderosísimo. Siempre la asociamos con lo oculto, con el nacimiento. ¿Por qué una cueva? Porque representa el punto de máxima densidad del mundo físico, el lugar más terrenal imaginable, lo más alejado, en apariencia, de lo divino. El vientre materno es una cueva; los alquimistas lo llamarían un atanor.
Aquí aparece la gran paradoja que invierte nuestra forma habitual de pensar: la cueva no aprisiona a lo divino; al contrario, se convierte en el receptáculo necesario para que lo Inaccesible pueda ser experimentado por nosotros.
Entonces, ¿se entiende la idea? Lo más denso, lo más material, es la condición para que lo más etéreo se manifieste. Normalmente pensamos que la materia es una cárcel para el espíritu. No: nada más erróneo. Es el receptáculo que permite su manifestación. Esa es la inversión radical. Es como si, para que una emisora de radio potentísima pueda escucharse, necesitara del aparato más simple y humilde.
La materia, en su estado más denso, se convierte así en el vehículo de percepción de lo espiritual. La esencia de lo Inaccesible sigue siéndolo, pero gracias a ese escenario material tenemos un punto de contacto, una interfaz. Sin la cueva, no hay manifestación que podamos percibir.
Esto recuerda inevitablemente al mito de la caverna de Platón, donde la cueva es el lugar de las sombras y de la ignorancia. Pero aquí parece que el símbolo se completa: la cueva ya no es solo el espacio del engaño, sino también el teatro de la revelación. Exactamente. O quizá no se le da la vuelta al mito platónico, sino que se lo lleva a su culminación: en Platón, hay que salir de la cueva para ver la luz; aquí, la luz entra en la cueva.
En esta tradición, la luz decide entrar en la cueva para hacerse comprensible a quienes están dentro. Pero, en ambos casos, la cueva es el punto de partida de la conciencia humana. La materia no es un error: es el escenario indispensable para este drama.
Bien, entonces ya tenemos el dónde y el cómo. En la materia más densa, la Virgen-arcilla da forma a lo preeterno. Pero el himno también nos habla del quién. Menciona a los ángeles, los pastores y los magos. Siempre he pensado que eran simplemente el elenco de la historia, pero el análisis de Mouravieff sugiere que su papel es mucho más profundo.
No son meros espectadores. Para nada. Representan la totalidad de la escala de la conciencia. Muestran cómo este acontecimiento puede ser percibido desde todos los niveles del ser, al mismo tiempo. Por un lado, los ángeles y los pastores. Son los dos extremos del espectro: los ángeles, la conciencia pura, perciben la verdad de manera directa; los pastores, en cambio, simbolizan a la humanidad que llega a la verdad no por un proceso intelectual, sino por la intuición.
El saber del corazón. La corazonada. Exactamente eso.
Todos hemos tenido alguna vez una certeza interior que no sabíamos explicar: una intuición. Los pastores representan esa vía de conocimiento, tan válida como cualquier otra.
Y el hecho de que ángeles y pastores canten alabanzas juntos es potentísimo. Significa la reconciliación de esos dos planos (el celestial y el terrenal) que parecían separados. Es una imagen muy poderosa: la armonía total.
Pero, claro, luego están los magos. Ellos no llegan por una corazonada, ¿verdad? Su camino es metódico, deliberado. Siguen un mapa en el cielo. Exacto. Los magos y la estrella encarnan una tercera vía de acceso, completamente distinta. Representan la búsqueda activa, el esfuerzo consciente; lo que, en la tradición de Mouravieff, se conoce como Gnosis.
¿Y qué significa Gnosis en este contexto? No es solo conocimiento, desde luego. No es el saber de acumular datos. Es un conocimiento que se adquiere a través de la experiencia directa, de la verificación interior. Es un camino de discernimiento. La estrella es esa guía, pero atención: solo es visible para quien la busca activamente. No aparece por casualidad. Los magos demuestran que el acceso a este misterio exige estudio, voluntad y un esfuerzo deliberado. No basta con la fe ni con la intuición: hay también un camino para el buscador consciente.
Y entonces todo se vuelve fascinante, porque tenemos tres modos de percibir un mismo acontecimiento: la percepción directa de los ángeles, la percepción intuitiva de los pastores y la percepción obtenida mediante la búsqueda consciente de los magos. Es como si el himno nos dijera que no existe un único camino correcto. El acontecimiento es universal y, por eso, se revela de manera que pueda ser comprendido desde múltiples ángulos. Ningún camino es superior a otro. Son complementarios. La revelación está disponible para el ser puro, para el ser intuitivo y para el ser consciente que busca. Todos son convocados a la misma cueva, al mismo centro.
Y con todo esto en mente llegamos a la parte final del himno, a la frase que lo ata todo: “Por nosotros ha nacido un Niño nuevo, el Dios preeterno.”
Después de desmontar el simbolismo, ¿cómo encaja esta frase? ¿Cómo conecta todo: la Virgen-materia, la cueva-mundo, los testigos y esa idea de la eternidad perpendicular? Esta frase es la culminación, la síntesis de todas las paradojas. El nacimiento de este Niño nuevo es la materialización de lo eterno en lo temporal.
El Dios preeterno, ese principio absoluto e ilimitado que está fuera del tiempo y del espacio, adopta voluntariamente la forma, la fragilidad y la vulnerabilidad de lo limitado. Se hace accesible para nosotros. Es el punto exacto, el momento preciso de la historia en el que ese “ascensor de la eternidad” (ese eje vertical) cruza nuestra línea horizontal del tiempo de manera visible.
Es el instante en el que lo que siempre es se manifiesta en una hora concreta. Necesitamos detenernos un segundo para procesar esto. Entonces, cada instante (este mismo segundo) no es solo un punto en una línea que avanza, sino un cruce de caminos con otra dimensión.
Es una idea que cambia por completo la perspectiva del día a día. Y aquí podemos introducir una conexión con la física moderna. Einstein decía que la distinción entre pasado, presente y futuro no es más que una ilusión, por más obstinada que sea. Esta visión se consolida en la física bajo el concepto del "Universo de Bloque" o Eternalismo, una teoría que propone que el tiempo no fluye como un río, sino que es una estructura sólida y estática de cuatro dimensiones. En este bloque, el año 1980 es tan real y actual como el 2050; simplemente están en "lugares" temporales distintos.
Por ejemplo, el fotón, una partícula de luz. Según la Relatividad Especial, para un fotón que viaja a la velocidad de la luz, el tiempo no transcurre. ¿Cómo que no transcurre? Porque el tiempo se dilata con la velocidad hasta el extremo. A la velocidad de la luz, esa dilatación es infinita y la distancia se contrae a cero. Esto significa que, desde la perspectiva del fotón, su viaje desde una estrella situada a millones de años luz hasta nuestra retina es instantáneo. Su punto de partida y su punto de llegada son, para él, el mismo evento. No hay un antes ni un después; para la luz, el universo entero está comprimido en un solo punto de contacto. Todo su trayecto es un ahora eterno. Es una idea fascinante.
Entonces, esta idea mística (que lo eterno no es algo que llegará en un futuro lejano, sino una dimensión que está siempre presente en la vertical de nuestro ahora) encuentra un eco asombroso en la física. Teorías de vanguardia, como la Teoría de Cuerdas, sugieren que vivimos en un mundo de muchas más dimensiones de las que percibimos. En este esquema, la "eternidad" podría ser una dimensión extra, ortogonal a nuestra línea de tiempo lineal, que intercepta cada segundo de nuestra vida. Así, cada instante no sería un punto fugaz que muere, sino la superficie de una profundidad infinita. Y aquí es donde todo se vuelve realmente vertiginoso: ver cómo una intuición mística, formulada hace siglos en un lenguaje poético, resuena con los pilares de la relatividad moderna. Evidentemente, no son lo mismo: una formulación de la eternidad pertenece al ámbito de la experiencia mística y el otro al rigor de las matemáticas. Pero la analogía es poderosa; nos sugiere que la realidad es mucho más vasta y persistente de lo que nuestros limitados sentidos nos permiten ver.
La Navidad, vista así, deja de ser la celebración de un cumpleaños. Se convierte en un recordatorio anual: un recordatorio de que ese punto de acceso a lo eterno, esa intersección, no fue un acontecimiento único e irrepetible. Es una posibilidad que está siempre disponible, en cada instante, para quien cultiva la conciencia necesaria para percibirla, ya sea por la vía de los pastores o por la de los magos. Es como si el universo tuviera una puerta trasera hacia otra dimensión, y esa puerta no estuviera en otra galaxia ni al final de los tiempos, sino aquí mismo, oculta en la profundidad de cada momento presente. Has usado la palabra exacta: oculta. Por eso se manifiesta en una cueva.
La Navidad, interpretada de este modo, es el símbolo de esa puerta. No celebra algo que ocurrió: nos recuerda algo que es. Nos recuerda la posibilidad constante de conectar con esa dimensión vertical de la existencia.
Recapitulando el recorrido, hemos partido de un villancico que nos parecía familiar, casi trivial, y lo hemos convertido en un diagrama profundamente revelador sobre la naturaleza de la realidad. La Navidad, bajo esta luz, deja de ser la conmemoración de un evento histórico para transformarse en la celebración de una posibilidad siempre presente.
La conclusión clave es esta: el himno funciona como un texto pedagógico, casi como un manual de instrucciones simbólico. Cada elemento (la Virgen, la cueva, los ángeles, los pastores, los magos) está ahí para enseñarnos algo. Nos habla de la relación entre la eternidad y el tiempo, entre la materia y el espíritu. La Navidad, entendida así, es un acto permanente de comunicación entre lo eterno y lo temporal.
Y, como decíamos, la clave es que no se trata de algo que pasó, sino de algo que es, algo que siempre está ocurriendo. Esto nos conduce a una última reflexión: si aceptamos por un momento esta premisa (si lo eterno no es una duración infinita que nos espera en el futuro, sino una dimensión distinta, una vertical accesible en cada instante presente), ¿cómo cambiaría nuestra manera de vivir lo cotidiano? ¿Nuestras tareas, nuestras conversaciones, incluso nuestros silencios, si buscáramos activamente esa intersección perpendicular en nuestras propias vidas?
La Navidad no celebra lo que ocurrió, sino la eternidad que atraviesa cada instante, y la posibilidad constante de alcanzar lo inalcanzable en lo cotidiano.
Puedes escuchar la versión en podcast en este enlace:




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