El peligro de la técnica en Heidegger y Ortega y Gasset
- Harold Kurt
- 24 dic 2025
- 9 Min. de lectura
Hay una sensación que casi todos compartimos. Vivimos rodeados de pantallas, datos, máquinas, sistemas que trabajan por nosotros. Y, gracias a ellos, sentimos que tenemos el control: decidimos, producimos, nos comunicamos con una facilidad que habría parecido milagrosa hace apenas un siglo.
Pero, al mismo tiempo, algo nos inquieta. Una sospecha discreta y persistente. ¿Por qué hay tanta gente que tiene tantas comodidades y, sin embargo, aumenta cada vez más una sensación de vacío en las personas al usar la tecnología? ¿Será que no somos nosotros quienes llevamos las riendas? ¿Y si la técnica…, esa creación nuestra, ha comenzado a redirigirnos hacia una forma de deshumanización más profunda de lo que creemos?
Para pensar esta paradoja, este poder que emancipa y a la vez somete, nos detendremos en dos miradas filosóficas que siguen siendo sorprendentemente actuales. La de Martin Heidegger, que nos invita a no entender la técnica como un simple conjunto de aparatos, sino como una forma de revelar el mundo… y también de reducirlo. Y la de José Ortega y Gasset, que ve en la técnica la expresión más profunda de lo humano, pero advierte del riesgo de una comodidad que termina por adormecernos.
Para comenzar, tenemos que quitarnos de la cabeza la idea más simple: la de que la tecnología es, pues, un montón de aparatos, un móvil, un martillo. Eso es: la visión de la técnica como un medio para un fin. Heidegger diría que sí, que eso es correcto, pero que es muy superficial, porque no nos deja ver la esencia de la técnica.
Para él, la clave está en entender la técnica no como un conjunto de cosas, sino como un modo de mirar la realidad, como una forma de desvelarla. Suena… suena muy poético, ¿verdad?, casi misterioso. A ver, vamos a desglosar esto.
Para entenderlo, Heidegger nos lleva hasta la Grecia antigua. En sus trabajos nos habla de varios conceptos griegos que pueden asustar un poco: aletheia, poiesis, téchne. Y nos dice que se los puede comprender observando cómo trabaja un escultor frente al mármol, y que en esto podemos descubrir la verdad. A ver, aclaremos esto. ¿Qué era la verdad para los griegos y qué tiene que ver con un bloque de mármol o con una vasija? Aunque no lo parezca, entender esto es la clave de todo.
Para nosotros, la verdad es una afirmación correcta: dos más dos son cuatro; es una verdad, punto. Pero, para los griegos, la verdad (la aletheia) era algo mucho más vivo. Significaba literalmente desocultamiento.
Quitar un velo. La verdad no era una fórmula; era el proceso por el cual algo que estaba oculto en la naturaleza salía a la luz. Se hacía presente. O sea, la verdad no se afirma, sino que aparece. Como si quitaras una sábana de un mueble y por fin vieras cómo es. Y el modo en que eso que estaba oculto salía a la luz era lo que llamaban poiesis. Hoy lo asociamos a la poesía, claro. La poiesis era el procedimiento, el proceso de desocultar, y la aletheia era el resultado: el desvelamiento, la aparición de lo oculto.
Para ellos, todo acto de producir era eso: lo que a Heidegger le gustaba llamar “traer a la presencia”. Pero ojo: no se trataba de una fabricación burda. Era más bien un “acompañar”, ayudar a que algo se manifestara.
¿Se entiende? Retomemos el ejemplo del escultor. El escultor no crea al héroe de la nada. Es… como si viera que el héroe ya está ahí, dentro del mármol, y su trabajo fuera quitar la piedra que sobra para desocultarlo. Precisamente. Y ese saber hacer, ese arte de desocultar, esos pasos que hay que dar, es lo que los griegos llamaban arte y que, en griego, se dice téchne. Heidegger explica que la téchne es un modo específico de poíesis. Un alfarero no fuerza la arcilla para que sea algo que no puede ser; del mismo modo, el escultor no impone una forma caprichosa al mármol.
La téchne, que significa arte, consiste en entender cómo la cosa quiere aparecer y ayudarla a hacerlo.
De ahí viene nuestra palabra técnica. La téchne original no buscaba dominar la naturaleza ni explotarla. Su fin era custodiar ese proceso por el que la verdad de las cosas aparecía.
Era una relación de respeto, casi. El ser humano era como un jardinero en la naturaleza. Era su morada, su hogar… Me encanta esa idea del jardinero, que también rescata Byung-Chul Han en uno de sus libros.
Pero, claro, esa visión tan armónica choca de frente con lo que vivimos hoy. Si la técnica original era ese cuidar, ¿en qué momento se torció todo? ¿Qué pasa con la técnica moderna, con la máquina, que lo rompe todo de una forma tan… tan brutal? Para entenderlo, Heidegger usa un concepto alemán que es clave: Gestell. Es una palabra complicadísima de traducir. A veces se dice armazón, estructura, dispositivo… el gran armazón. Suena casi industrial, como el esqueleto de un edificio que se impone. La función de este Gestell ya no es traer a la presencia con respeto. Ahora, Heidegger utiliza esa palabra en el sentido de exigir, emplazar, provocar.
Se exige a la naturaleza que entregue sus recursos de la forma más eficiente posible. Es como pasar del jardinero que cuida la planta a una máquina industrial que la exprime para sacarle hasta la última gota. Y el resultado es que todo, absolutamente todo, deja de ser lo que es en sí mismo y se convierte en lo que Heidegger llama Bestand. Es decir, existencia en reserva: un stock, un recurso disponible en un almacén.
Esto ya nos pone los pelos de punta: un bosque ya no es un ecosistema, es madera o biomasa. Un río deja de ser un cauce de vida para convertirse en potencial hidroeléctrico: tantos metros de caudal, tantos kilovatios hora.
Y aquí viene lo más inquietante: esa lógica no se detiene solo en la naturaleza. El propio ser humano es arrastrado por ella. Nos convertimos en capital humano, en recursos humanos. ¿Se entiende lo grave del asunto? Se habla de optimizar nuestro rendimiento, de gestionar nuestro tiempo. Somos una pieza más en el engranaje, un recurso más. Dejamos de ser personas para convertirnos en un código. Y ahí está la paradoja del principio: nos creemos los directores de orquesta, pero en realidad somos un simple instrumento al servicio de esa lógica del rendimiento, del Gestell.
Esa es la trampa. El ser humano, creyéndose el gran dominador, queda completamente subordinado. El mundo se cosifica, se reduce a utilidad. Ya no vemos las cosas como son; solo vemos para qué sirven. Pero esto suena terriblemente pesimista, ¿verdad? Como un callejón sin salida.
¿Hay alguna escapatoria en el pensamiento de Heidegger o estamos ya condenados a vivir en esta jaula de la eficiencia? La hay, pero no es una solución fácil, como “cinco pasos para escapar del Gestell”. Heidegger no cree que sea un error que podamos corregir. Lo ve como parte de nuestro destino. Algo que nos ha tocado. El peligro real no son los móviles. El peligro es que esta forma de mirar el mundo, la del cálculo, se convierta en la única forma posible, que nos haga olvidar por completo que hay otras maneras. Que nos haga olvidar al ser.
En sus trabajos, Heidegger cita un fragmento precioso del poeta Hölderlin: “Pero donde hay peligro, crece también lo que nos salva”. Es una idea muy potente. Si el peligro es este olvido total, ¿qué es eso que nos salva? ¿Apagamos todo y nos vamos a una cabaña? Bueno, Heidegger lo hizo, pero no creo que esa sea la solución para todos. Lo que nos salva, para él, reside en aquello que se resiste a esa lógica del Gestell. Y la vía principal que él propone es el arte. Sí, el arte es una forma de la téchne original, de esa poíesis griega que mantiene viva la llama de ese desvelar que se nos impone. ¿Se entiende? El arte nos obliga a parar y a mirar algo simplemente por lo que es, no por para qué sirve. Un cuadro, una canción, no sirven para nada en un sentido productivo. Simplemente están ahí y nos revelan algo. El arte abre una grieta en ese muro del Gestell. En este punto también coincide Ortega, que nos advierte que también el arte se está deshumanizando.
Muy bien, dejemos por un momento a Heidegger y crucemos el mapa para encontrarnos con Ortega y Gasset. Tiene un enfoque muy distinto, mucho más terrenal, ¿no? Para Ortega, la técnica no es un problema ontológico; es la definición misma de lo que somos. Así es. Si Heidegger es denso y poético, Ortega es directo y vital. Parte de una idea muy potente: el ser humano es, por definición, un animal técnico. ¿Qué nos diferencia del resto de los animales? Pues que ellos se adaptan al medio. Si hace frío, les crece más pelo. A nosotros no. Al contrario, nosotros adaptamos el medio a nosotros. Si hace frío, inventamos el abrigo y la calefacción. Creamos una sobrenaturaleza. O sea que, para Ortega, la técnica no es un peligro: es nuestra… superpotencia. Es lo que nos hace humanos, esa capacidad de no conformarnos.
Y lo más interesante es el porqué. Según Ortega, no inventamos la técnica solo para sobrevivir. El objetivo último de liberarnos de esas tareas es tener tiempo y energía para dedicarnos a lo que él llama, provocadoramente, lo superfluo; sí, lo superfluo: el arte, la ciencia, la filosofía, el ocio. Es decir, la técnica nos libera de las necesidades para que podamos ocuparnos de nuestra libertad. Claro, es una idea fantástica. Si no tienes que pasarte el día cazando, tienes tiempo para, no sé, pintar en la pared de la cueva.
La técnica nos da la posibilidad de ser lo que queremos ser, no solo lo que necesitamos ser para no morir. Esto me lleva directo a su frase más famosa, claro: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”.
¿Cómo encaja la técnica en esto de salvar la circunstancia? Es la herramienta fundamental. Nuestra circunstancia es todo lo que nos rodea. Para Ortega, la vida auténtica consiste en asumir esa circunstancia y transformarla para realizar nuestro proyecto vital.
Cada persona quiere llegar a ser algo. Y la técnica es lo que nos permite moldear la circunstancia para que ese proyecto sea posible. La vida auténtica es usar la tecnología para construir la vida que has elegido. ¿Y la vida inauténtica sería qué?… ¿Dejarse llevar por la corriente de las notificaciones y las series recomendadas? Pues justo eso: dejarse arrastrar.
Y aquí es donde Ortega ve el gran peligro de la técnica moderna. Que no es el Gestell; es algo más… psicológico: la figura del señorito satisfecho.
El nombre ya lo dice todo. Es una buena descripción. Es la persona que, adormecida por la comodidad que le da la técnica, lo da todo por sentado. Como tiene la vida resuelta, se olvida de que tiene que hacer algo con ella. Se convierte en un consumidor pasivo, un niño malcriado que espera que se lo den todo hecho. Ya no crea, solo consume. Hay un quiebre entre el poder que nos da la técnica y la ética sobre cómo usarlo, lo que provoca una deshumanización.
Bueno, creo que tenemos los dos diagnósticos.
Por un lado, Heidegger nos hace una advertencia casi cósmica: cuidado, están convirtiendo el mundo entero, incluyéndonos, en un gigantesco almacén. Es un peligro ontológico.
Y, por otro, Ortega, con un tirón de orejas mucho más personal, existencial: cuidado, te estás quedando apoltronado en el sofá tecnológico y te estás olvidando de vivir tu vida. Es el peligro de la pereza vital.
Pero lo increíble es que ambos, desde puntos de vista tan distintos, apuntan a lo mismo. El problema no es la técnica; es cuando olvidamos el para qué. Heidegger propone el arte para recordar otras formas de verdad. Y Ortega nos sugiere humanizar la técnica, ponerla al servicio de nuestro proyecto vital.
Todo esto nos recuerda que el río no es solo energía potencial, sino también la belleza de su corriente. Nos recuerda que una persona no es solo capital humano, sino la complejidad de una historia que puede explorar. Me viene a la mente esa frase de Heidegger que también se menciona: “Llegamos tarde para los dioses y muy temprano para el ser”. Es como si dijera que estamos en un tiempo intermedio, una especie de sala de espera. Y el arte es lo que nos mantiene despiertos mientras tanto.
Y es maravilloso ver lo vigentes que son ambos y cómo sus ideas se conectan también con pensadores actuales. Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, nos dice que nos autoexplotamos voluntariamente. O las advertencias sobre el dataísmo de Harari, esa nueva religión nacida de su libro Homo Deus, que nos dice que todos somos solo datos.
Incluso rescato la idea de Umberto Eco de que el exceso de información puede provocar una especie de amnesia: tenemos tanto que procesar que no profundizamos en nada.
Entonces, ¿qué significa todo esto? La técnica nos ha dado un poder casi divino para reformar nuestra circunstancia. ¿Pero esa misma lógica nos puede encerrar en una visión única y empobrecida del mundo? Exacto.
La conclusión no puede ser un rechazo ingenuo a la tecnología. Sería absurdo y, como diría Ortega, sería inhumano. La cuestión es cómo habitar este mundo tecnológico con conciencia. Cómo usar estas herramientas sin que su lógica interna nos devore. Se trata de integrarlas en un marco de fines humanos, preservando siempre un espacio para lo que no se puede medir ni calcular.
Esto nos deja una reflexión final que surge directamente de estas fuentes: si el gran temor de Heidegger era que nos convirtiéramos en piezas de un engranaje y el de Ortega que nos volviéramos señoritos satisfechos que renuncian a su libertad, la pregunta que queda flotando para cada persona es muy directa. ¿En nuestra vida diaria, con cada like, cada optimización y cada decisión que delegamos a un algoritmo, estamos usando la técnica para construir nuestro propio proyecto vital o estamos dejando cómodamente que sea la técnica quien escriba el guion por nosotros?




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