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El escritor boliviano y la ceremonia vacía

  • Foto del escritor: Harold Kurt
    Harold Kurt
  • hace 6 horas
  • 9 Min. de lectura

Día del Escritor Boliviano — 11 de mayo de 2026



Hay celebraciones que encubren una vergüenza. El Día del Escritor Boliviano es, si se lo examina sin piedad, una de ellas. Es una fecha en que la sociedad otorga al escritor el único reconocimiento que no le cuesta nada: el simbólico, reservándose el derecho de seguir ignorándolo el resto del año. Se lo aplaude en abstracto y se lo abandona en concreto. Es, en el mejor de los casos, una ironía; en el peor, una hipocresía institucionalizada.

Empecemos por el principio, que en filosofía suele ser una etimología. Escribir viene del latín scribere: trazar, grabar, dejar una marca sobre una superficie. Quien escribe es, en sentido literal, quien se obstina en dejar huella. Pero ¿sobre qué superficie escribe el escritor boliviano? ¿Sobre un suelo que lo sostiene o sobre agua que lo borra? La pregunta no es retórica. Es la pregunta filosófica central que ninguna festividad se atreve a formular en voz alta, quizás porque la respuesta incomoda demasiado.


Heidegger en el altiplano


Heidegger escribió que el lenguaje es la casa del ser. La proposición postula que el hombre no habita la tierra sino el lenguaje, porque somos en la medida en que habitamos la palabra, y porque el poeta, el escritor en sentido amplio, es el guardián de esa morada. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando la sociedad no construye esa casa? Yo diría que el escritor en Bolivia no habita esa morada: solo acampa en una carpa precaria. Levanta su tienda precaria en un páramo institucional y la llama, con dignidad casi patética, obra literaria.

Franz Tamayo lo supo antes que nadie. El autor de Scherzos y Creación de la pedagogía nacional fue, simultáneamente, uno de los intelectuales más rigurosos de su época y uno de los más marginados por el sistema que decía admirarlo. Tamayo comprendió que Bolivia padecía lo que él llamaba “la negación del indio” como fuerza creadora, pero su diagnóstico fue celebrado en los discursos y archivado en los estantes. La morada que reclamaba, una cultura que se pensara desde sus propias raíces, nunca se construyó. Décadas después, Óscar Cerruto escribiría desde ese mismo exilio interior, y Yolanda Bedregal (“Yolanda de Bolivia”, como ella misma se firmaba) tuvo que inventarse un lector que su país tardó demasiado en serlo.

El diagnóstico heideggeriano revela lo que la sociología describe con estadísticas, pero que la filosofía comprende mejor: la orfandad del escritor boliviano no es accidental es estructural. Las editoriales son escasas y frágiles, y a veces hasta generan desconfianza. Las bibliotecas públicas son pocas, desabastecidas, y los libros resultan demasiado caros para buena parte de los lectores. La lectura, y no solo por ese motivo, sigue siendo considerada un lujo de élite o un pasatiempo menor. El escritor habita, pues, un lenguaje que la propia sociedad ha declarado inhabitable.


El fiestero y su biblioteca vacía


Aquí es necesario un paréntesis incómodo, porque el abandono al escritor no es solo una negligencia del Estado; es también un rasgo cultural profundo, sedimentado en la idiosincrasia boliviana con la solidez de aquello que nadie se atreve a nombrar.

Bolivia es un país que sabe celebrar extraordinariamente bien. Sus fiestas: el Carnaval de Oruro, la entrada del Gran Poder, la festividad de Urkupiña, son monumentos a la energía colectiva, a la memoria viva y a la identidad compartida. Nadie niega eso ni debería hacerlo. Pero hay una pregunta que esa energía festiva no responde: ¿por qué esa misma intensidad no se traslada al libro?

La respuesta, si se la examina con frialdad filosófica, apunta a algo que los antropólogos llaman cultura oral y que en Bolivia adquiere una dimensión particular. Una civilización cuyas raíces más hondas son andinas, donde el conocimiento se transmite mediante la palabra hablada, el ritual y el gesto, no tiene con la escritura la misma relación de necesidad que una cultura moldeada por el humanismo letrado europeo. Esto no es un juicio de valor, sino una constatación histórica.

El problema comienza cuando esa herencia oral deja de complementarse con la escritura y empieza a sacralizarse; cuando lo que fue una necesidad histórica termina convertido en identidad inamovible. Hay una diferencia crucial, y la filosofía la distingue con claridad, entre una cultura que elige la oralidad como forma viva de transmisión y una cultura que la utiliza como escudo frente a lo escrito. La primera es legítima y admirable; la segunda es, en el fondo, una renuncia disfrazada de orgullo.

Cuando el desinterés por el libro empieza a presentarse como “resistencia cultural”, como si leer a Wilmer Urrelo Zárate, Giovanna Rivero o Edmundo Paz Soldán implicara una traición a la identidad andina, se incurre en lo que Jean-Paul Sartre llamaría mala fe: la negativa de asumir la propia libertad, refugiándose en una determinación colectiva que nadie ha impuesto realmente. No es la tradición la que cierra el libro. Es la comodidad disfrazada de tradición.

"El hombre que no lee no tiene ventaja alguna sobre el que no sabe leer."

— atribuido a Mark Twain

La idiosincrasia boliviana, observada sin condescendencia, combina una vitalidad expresiva extraordinaria con una desconfianza histórica hacia el pensamiento abstracto y la crítica escrita. Se tolera al escritor como figura decorativa: el intelectual en el acto oficial, el poeta en la ceremonia cívica, pero se lo rechaza en cuanto su escritura cuestiona, incomoda o contradice el relato que la sociedad prefiere de sí misma.

Giovanna Rivero y Edmundo Paz Soldán, dos de las voces más lúcidas de la narrativa boliviana contemporánea, poseen hoy mayor proyección internacional que reconocimiento nacional. Sus obras circulan en el exterior con una amplitud que el mercado boliviano rara vez les garantizó.

Wilmer Urrelo Zárate, por su parte, construyó una obra urbana, irónica y perturbadora sobre La Paz: Fantasmas asesinos, Hablar con los perros, que retrata Bolivia con una honestidad incómoda para quienes prefieren el paisaje idealizado al retrato fiel.

Ese es el patrón, que se exporta al escritor que incomoda y se domestica al que permanece. La idiosincrasia boliviana, en su dimensión literaria, no es cruel con el escritor. Es algo más doloroso: indiferente.


La excepción que la manada no perdona


Friedrich Nietzsche advirtió sobre “el mercado”, ese espacio donde la mediocridad se vende como sabiduría y el genio resulta sospechoso precisamente porque no puede ser comprado ni vendido con facilidad. El escritor (el verdadero), pertenece a esa raza incómoda del espíritu libre que crea valores allí donde la masa solo reconoce precios, prestigio y premios.

Bolivia, como toda sociedad utilitaria, trata al escritor con la misma desconfianza con que el mercado trata todo aquello que carece de cotización. Primero, con una indiferencia casi benevolente cuando es joven; después, con olvido sistemático cuando madura; y finalmente, con homenaje póstumo cuando ya no puede incomodar a nadie. Es entonces cuando llegan las medallas, los reconocimientos y las ceremonias tardías que la vida nunca conoció.

" Compañeros para su camino busca el creador, y no cadáveres, ni tampoco rebaños y creyentes. Compañeros en la creación busca el creador, que escriban nuevos valores en tablas nuevas".

— Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra

Piénsese en Jaime Saenz, el poeta de la nocturna La Paz, el maldito por excelencia de la literatura boliviana. Saenz escribió desde los márgenes: el alcohol, la madrugada, los muertos; una obra que hoy nadie puede ignorar y que en vida fue tratada como la extravagancia de un excéntrico. Recorrer esta distancia y El frío figuran entre las obras más perturbadoramente originales de la poesía en lengua española del siglo XX, y sin embargo Saenz vivió y murió en la precariedad que Bolivia reserva a quienes no saben ser decorativos.

“…Pienso recorrer esta distancia descansando en algún lugar. De espaldas en la morada del deseo, sin moverme de mi sitio —frente a la puerta cerrada, con una luz de invierno a mi lado”.

— Jaime Saenz, Recorrer esta distancia

Hay que preguntarse cuántos Saenz existieron antes de Saenz, sin nombre que recordar y sin obra que rescatar.

Bolivia celebra hoy a sus escritores con actos protocolares, discursos oficiales y menciones en redes sociales. Pero los escritores bolivianos vivos, los que todavía pueden incomodar, los que todavía tienen algo que decir, siguen publicando a cuenta propia, distribuyendo sus libros en ferias de fin de semana y pagando de su bolsillo la corrección de pruebas. El homenaje es para los escritores idealizados en abstracto; el abandono, para los escritores concretos, los de las calles y el día a día. Friedrich Nietzsche probablemente lo habría llamado resentimiento disfrazado de celebración.


El compromiso y su traición


Jean-Paul Sartre sostuvo que escribir es un acto político: el escritor que renuncia a comprometerse con su tiempo termina siendo cómplice de aquello que calla. ¿Qué es la literatura? afirma que la prosa es siempre revelación de una situación, y que el escritor comprometido no escribe sobre el mundo, sino desde él, asumiendo la responsabilidad que implica nombrar.

Albert Camus, más escéptico frente a los absolutos ideológicos, añadiría que el escritor no es el fiscal de la condición humana, sino su testigo: alguien que narra la absurdidad de existir sin la consolación de un sistema que la explique.

Ambas posiciones convergen en algo fundamental: la literatura no es ornamento. No es el postre cultural que una sociedad se permite cuando ya ha satisfecho sus necesidades “reales”. Es el modo en que una sociedad se piensa, se cuestiona y se narra hacia el futuro. Un país que no sostiene a sus escritores no solo empobrece su vida cultural; pierde también una parte de su conciencia y renuncia a comprenderse. Hay que decirlo sin reparos: Bolivia produce escritores a pesar de su contexto, no gracias a él.

La consecuencia es visible. La literatura boliviana existe más como un acto de terquedad que como resultado de un proyecto cultural sostenido. Los escritores escriben como quien sobrevive: con la obstinación de quien sabe que nadie lo espera y, aun así, escribe, porque la alternativa es el silencio total. Y el silencio total es, en términos heideggerianos, el abandono del ser. Poco importa entonces si sus libros terminan impresos en papel couché o circulando en ediciones cartoneras.


El círculo vicioso o la cultura como coartada


Se escucha a veces un argumento que merece ser llamado por su nombre: la falacia de la pobreza. “Bolivia es un país pobre; hay prioridades antes que la cultura”. El argumento parece razonable hasta que se lo examina con cuidado.

Primero, porque la cultura no es posterior al desarrollo: es simultánea a él, o no existe desarrollo que no sea mera acumulación sin sentido. Segundo, porque el abandono del escritor boliviano no es solo consecuencia de la pobreza material; fue y sigue siendo una elección. Una elección que se repite año tras año, presupuesto tras presupuesto, gobierno tras gobierno, con la regularidad de aquello que nadie se molesta en cuestionar.

El problema es más hondo: es epistémico. Bolivia padece lo que podríamos llamar, con Platón, una confusión entre doxa y episteme en su valoración de la cultura. La opinión dominante, la doxa social, asigna al libro un valor menor que al entretenimiento, a la poesía un valor inferior al éxito comercial y al escritor un estatus menor que el del empresario o el político.

Esa jerarquía de valores rara vez se declara; se practica. Y mientras esa práctica no sea cuestionada desde las instituciones, desde la educación, desde la crítica pública e incluso desde el ciudadano común, seguiremos celebrando el Día del Escritor Boliviano como se celebran las efemérides vacías: con genuflexión protocolar y abandono cotidiano.


Coda


Y, sin embargo, hay que decir esto también: el escritor boliviano escribe. Contra el mercado que no lo cotiza, contra la institución que no lo sostiene, contra el lector que no siempre lo encuentra, el escritor boliviano persiste. Hay en esa persistencia algo que Albert Camus reconocería como rebeldía en el sentido exacto del término: no el grito del resentido, sino la afirmación silenciosa de que la palabra vale, aunque nadie la pague; que la belleza importa, aunque nadie la subsidie; que narrar Bolivia sigue siendo necesario, aunque Bolivia no siempre quiera ser narrada.

Esa terquedad tiene nombres propios y concretos. La de Adolfo Cáceres Romero, cartografiando pacientemente la historia literaria del país durante décadas, sin el aparato académico que otras latitudes dan por descontado. La de Edmundo Paz Soldán, construyendo desde el exterior una obra que dialoga con Bolivia sin necesidad de su beneplácito. La de Homero Carvalho Oliva, que eligió permanecer y construir desde Bolivia una obra vasta y persistente, sin haber necesitado el exilio para ser leído fuera del país. Y también la de tantos escritores jóvenes y viejos que publican como pueden, editan donde se les abren las puertas y sostienen, casi en silencio, una conversación literaria que el país oficial apenas advierte.

Esa terquedad es, quizás, la única forma de dignidad que le queda al escritor en un contexto hostil. Pero sería un error romantizarla. La dignidad en la precariedad no es una virtud de la precariedad: es una virtud a pesar de ella.

Y el Día del Escritor Boliviano debería ser, si aspirara a algo más que a una ceremonia vacía, la ocasión para preguntarse cuándo Bolivia decidirá, de una vez, construirle a su literatura la casa que todavía le debe: una morada en el ser, y no un campamento precario cuyo destino sea el olvido.

 
 
 

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